miércoles, 23 de diciembre de 2009

lunes, 21 de diciembre de 2009

Monólogos

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Idazkera


Galdera hauei eman ahal dizkiezue erantzunak? Pentsatu ondo oso interesgarria da eta.

EL PIRATA DEL CD


El pirata del CD

¿Quién no ha comprado en alguna ocasión un CD pirata? No voy a entrar en la polémica de si el negocio de la piratería es o no lícito. Lo que sí me interesa de este negocio es el siguiente aspecto: ¿por qué compramos CD’s piratas? Resulta evidente que el precio es una de las razones que nos lleva a inclinarnos por estos CD’s. Sin embargo, yo he analizado en profundidad el tema y he encontrado otros motivos. ¿Que no? Véanlo.

¿Han intentado abrir alguna vez el envoltorio de un CD original? Es una pasada. ¡Ni que tuvieras que hacer un cursillo! Cuando el CD cae en tus manos, lo primero es ver cómo nos las apañamos para abrirlo. Buscas con impaciencia la abertura que te permita realizar tal empresa; pero, no lo encuentras. Entonces, comienzas a entrar en un estado de angustia que hace que emplees tus uñas para intentar sacar el maldito plástico de ese CD. Como sigues sin poder abrirlo, en un estado ya de cólera absoluta, coges un objeto puntiagudo (cuchillo, tijeras...) y lo clavas en la caja, a ver si de una puñetera vez logras tu objetivo. Y, si aun así, permanece el CD en su plastiquito, como una virgen sin explorar, lo arrojas con todas tus fuerzas, enloquecido, al suelo y lo pisoteas hasta que la caja se rompe y puedes ya tener el CD en tus manos. ¡Ojo! Cuidado con esto, que no sería la primera vez que nuestro estado de locura nos lleva a cargarnos el compacto; entonces, adiós a quince euros. ¡Qué putada!

Con los compactos piratas no pasa esto. Según los coges en la mano, te das cuenta de que –‘¡aleluya!’- no llevan envoltorio. ¡Es la ostia! Por lo menos, piensas, ‘no me cargaré el CD’. Además, tienen otra ventaja: intentas abrir la caja y ésta se abre sola, que no tienes que hacer ningún tipo de esfuerzo para lograr tal propósito. En cambio, con los CD’s originales no ocurre eso. Si ya no te ha costado horrores sacarle el plastiquito al dichoso disco, ahora resulta que también tienes problemas para abrir la caja; es que, ¡algunas cajitas se las traen! Por mucho que lo intentas, están metidas a tal presión que el CD tampoco quiere salir. ¿A qué recurres entonces? Está claro: a pisotear la puta caja hasta que deje libre al pobre e indefenso compacto. Lógicamente, esto entraña el peligro de que vuelvas a cargarte el CD. Adiós, entonces, a otros quince euros; y ya van treinta, ¡que vaya forma más absurda de tirar el dinero! Bueno, como me lo regalan.

¿Y el espacio? ¿Se han fijado en qué cajitas vienen los CD’s piratas? Son tan estrechitas que apenas las notas (como las compresas). Además, como ya no cierran, te facilitan el trabajo. Las cajas de los compactos originales, en cambio, parecen mazacotes. Son anchas y de difícil apertura. ¡No les digo nada si contienen dos CD’s, o más! Entonces, tienes que quitar la cama de tu habitación para hacerles espacio. ¿Que exagero? Júntense con quince como éstos en su habitación y ya me dirán cómo entran. ¡Hagan la prueba!

Existe un último motivo para piratear un CD. ¿Han experimentado lo que se siente al tener una virgen entre tus manos? ¿No? Yo lo hago todos los días. “¡Qué suerte que tiene el cabrón!” - pensarán ustedes. ¡Sí, señores! Es enorme el placer que uno siente cuando desvirga un CD –‘¿en qué estabais pensando pillines? ¡Ya me gustaría a mí!-. Pillas entre tus manos un compacto sin estrenar y, unos diez minutos después, tras pasar por una grabadora, suena y todo. ¿Excitante, verdad? ¿Les recuerda a algo? ¡A mí también!

VENTAJAS DE SER UN INDECISO


Ventajas de ser un indeciso


Imagínense esta conversación entre un barman y el cliente que llega a su establecimiento a pedir un café:

- Un café.
- ¿Cortado o con leche?
- Descafeinado.
- ¿De sobre o cafetera?
- De sobre; no, de cafetera. ¡Espere! Bueno, no sé.

‘A ver, ¡aclárate de una vez, que tienes a todos los de la barra confusos y aturdidos!’. Sin embargo, el hombre no lo hace con mala intención como se podría pensar. No es que le tenga una manía especial al barman y le quiera confundir (como al Dinio, “la noche me confunde”). El caso es que no sabe qué pedir. Es un indeciso.

Soy un indeciso; bueno, no estoy seguro. ¿Ustedes también? No se preocupen, o sí. No es tan malo, creo. El caso es que ser indeciso ofrece muchas ventajas. ¿Que no? Imaginen que están con su parienta en plena acción y, de pronto, se produce esta conversación:

- ¿Qué? ¿A qué espera? (mirando a tu miembro) ¿Va o no va?
- Bueno, parece que... no sé.
- ¿Cómo que no sabes? Date prisa, que si no...
- Sí, sí; bueno, no sé.

Al final, lógicamente, la cosa no funciona. ¿De quién es la culpa? Del hombre es evidente que no, porque si él supiera no habría ningún problema; pero, como no sabe, la culpa ya no es suya. Está claro que ella es la responsable de que la cosa no funcione, que con tanto estrés uno no se puede concentrar. Además, ¿quién va a poder llegar a algo con su mujer cuando la vecina de enfrente está tan buena? ¿Cierto, no? Bueno, es que... no sé.

Con los padres también es una ventaja ser indeciso. A mí me pasa. Una de las conversaciones más habituales con mis padres es la siguiente:

- ¿Qué, hijo? ¿A qué esperas para independizarte?
- Bueno, padres. Mañana voy a acercarme a la inmobiliaria para comprar un piso. Asimismo, me matricularé en Psicopedagogía por la Universidad a Distancia, haré un cursillo de ‘Lenguaje de Signos’ y le diré a mi chavalita que deje de estudiar, que ya no hay quien le pague los estudios y que busque un trabajo limpiando casas, que no puede ser.

¿Cómo reaccionan mis padres ante esto? Está claro. Ellos piensan: ‘este hijo nuestro tiene tantas cosas en su cabecita... Será mejor que siga con nosotros un tiempo más, hasta que se aclare’. Y, así, lógicamente, hasta los cuarenta. No sé, no... Que sean cincuenta, mejor; ¿no creen?

Con los amigos ser indeciso ya es la leche. ¿No se lo imaginan?

- Esta noche, ¿qué? ¿Saldremos, no?
- Es que...
- ¡Es que qué!
- No sé. El caso es que...igual...
- ¿Que no tienes pelas? ¿Ése es el problema? No te preocupes, que yo invito.
- Bueno, si insistes... ¿no?

¿No es la ostia? De marcha, y ‘by the face’. Si ya les decía yo que esto de la indecisión conlleva grandes y apetecibles ventajas. Díganselo si no a los jugadores de fútbol que viven como quieren, cobran unos pedazo sueldos que ‘ni pa qué’ y, aun así, se permiten responder a las preguntas de los locutores con un lacónico ‘no sé, no’; que dan ganas de responderle: ‘¡joder!; si tú no sabes, con lo que cobras, ¿qué esperas que responda yo, cacho cabrón?’

¿Qué conclusión se puede extraer de todo esto? Que el indeciso no nace, se hace. Los indecisos usamos esta táctica para lograr nuestros objetivos. Como parece que nunca sabemos a qué atenernos, la gente nos trata con mayor mimo y cuidado, y perdona nuestros errores: ‘déjale al pobrecito, que es indeciso y bastante tiene con ello’. ¡Ay, inocentes! Que los que no os enteráis de la fiesta sois vosotros, gilipollas.

¡QUE ME HAGO PIS!


¡Que me hago pis!


¿A quién no le han entrado ganas de hacer pis por la noche? Ningún problema, ¿verdad? Pues, no. Echar una meadita puede resultar en ocasiones más difícil de lo que parece. ¡Terrible dilema! Estás tú tan a gustito (como el Ortega Cano, mira) en la cama, soñando no precisamente con los angelitos, cuando, de pronto, sin saber porqué se activa la señal de alarma: te estás meando. En ese momento, tu vida cambia por completo: dejas de ser el Bello Durmiente (bueno, casi) para convertirte en Indiana Jones, en busca del váter perdido. ¿Que no me creen? Analicémoslo.

Es de noche y, claro, ahí surge el primer inconveniente. No ves ni un pimiento; por lo tanto, no te queda más remedio que localizar el interruptor que activa la luz. ¿Creen que eso es fácil? Pues, no. Parece que el dichoso interruptor, que tienes perfectamente ubicado durante el día, cambiara de lugar por las noches. ¿No les ha ocurrido nunca? Tú sacas una mano de debajo de las mantas y empiezas a tantear la pared en busca del maldito aparatito. Sin embargo, da la sensación que el cabrón de él se ocultara y no quisiera que lo localizaras. Tanteas con la mano la pared, pero no hay forma: es imposible encontrarlo. Eso sí, todos aquellos objetos que en ese instante no buscas son hallados por tu mano: la mesilla de noche, el puñetero despertador, la caja de preservativos (¡joder!; si la llego a buscar, seguro que no la encuentro), y, como no podía ser menos, la jodida lámpara de noche; pero, el interruptor de las narices, no. Te cabreas y empiezas a tirar todo al suelo: la lámpara, los preservativos, el despertador, que empieza a sonar (¡yo que no quería hacer nada de ruido!). El caso es que ir al baño se convierte en una afrenta personal y te juras a ti mismo que, aunque haya alguien que te ponga la mano encima para que no levantes cabeza, tú, campeón, lo lograrás. ¡Ya, ya! Tú, campeón y todo lo que quieras, mas sólo has completado la primera fase; y, encima, sin alcanzar a topar el interruptor: la puesta en pie. Ahora debes emprender el trayecto en busca del tan ansiado W.C. ¡Y no es tan fácil!

Ya estás de pie. Otra gran incógnita se cierne sobre ti: ¿hacia dónde voy ahora? Sí, sí. Ahí estás tú, buscando las paredes de tu habitación para poder guiarte al baño. Sin embargo, éstas tampoco aparecen. Tratas de avanzar despacito y, de pronto: ‘¡Ay, qué ostia me acabo de dar en el pie contra la cama!’ Levantas el pie para notar si te has hecho sangre. Te quedas allí, en puntillas, sobre un solo pie; y, de pronto, como las desgracias no vienen solas, pierdes el equilibrio y te pegas una pedazo ostia contra el suelo (¡zas!), que despiertas a todos los de casa. Así, tu madre hace acto de presencia en tu habitación; te mira con una cara de mala leche que te pasas, sin importarle si te has roto una pierna o la cabeza, y te dice: “¡Hijo mío! ¿Por qué no enciendes la luz y dejas de molestar a todos los vecinos?’ Si eso es lo que quería hacer, joder; eso es lo que quería hacer.

Entonces, acompañado de esa vocecita que te dice ‘¡gilipollas!’, llegas al baño. Sin embargo, surge otro pequeñísimo problema: tu miembro viril, como arte de magia, se hace cada vez más grande (¡ahora, no te jode!), mientras el agujero del váter empequeñece hasta el punto de que ya no lo ves. La sacas y, claro, no sabes adónde apuntar. La mueves de un lado a otro, cual bombero que intenta apagar el fuego con su manguera, y cómo tenías tantas ganas de soltar líquidos, dejas el baño hecho un verdadero Cristo (bueno, el baño y a ti mismo, que siempre cae algo por encima, ¿verdad?). No les digo nada si lo que quieres es evacuar sólidos: te agachas con sumo cuidado, poco a poco; y, cuando menos te lo esperas, ¡ostiaaa..., ya me la he vuelto a pillar con la taza del váter! ¡Mierda!; un médico, que me desangro. Para la siguiente, me pongo DODOTTIS.

ESAS REUNIONES FAMILIARES


Esas reuniones familiares


Las comidas familiares son una auténtico coñazo. Acabo de estar en una de ellas y ha sido horrible. Les cuento. Imagínense una enorme mesa, rodeado de veinticinco familiares tuyos. ¡Insufrible!. Lo primero son los saludos. Estás allí solo ante el peligro y te ves obligado a hacer caso a veinticuatro personas, con las que en su mayoría apenas te relacionas o, en ocasiones, ni conoces. Empiezas a repartir saludos y besos a diestro y siniestro, como si fueras el Papa. Lo más curioso es que todas las personas que forman parte de la mesa son familiares tuyos, pero como si no lo fueran. Muchas veces te da la sensación de que hasta te miran con desprecio (‘si te acercas mucho a mí, te voy a dar una ostia por muy primo mío que seas, tío’). Hay veces que hasta tengo miedo. ¿Se imaginan que esos veinticuatro se pusieran de acuerdo y empezaran a arrearme una somanta de ostias? Pues, a ver cómo me defendía de esos cabrones; ¡no te jode!

Si el requisito de los saludos es una mierda, una vez que te sientas a la mesa te percatas de que tu situación no ha mejorado. Claro, te toca sentarte al lado del más pesado de tus familiares, que te cuenta sus batallitas y se vanagloria de ello:

- No sé cómo se harán las cosas donde tú vives, primo; pero aquí sí que curramos. ¿Quieres que te cuente?

- Sí, hombre, ilústrame (como si me quedara otro remedio).

- Yo, primo, aquí donde me ves, me levanto a las siete de la mañana. Hago la cama, me acicalo, preparo mi desayuno y el de los niños, a los que levanto para que vayan al colegio. Acto seguido (‘¿aún hay más?’), me dirijo a la carpintería donde trabajo y curro doce horas seguidas sin parar (‘¡joder, Terminator’!), que mi jefe ya no sabe cómo hacer para besarme el culo. Después, regreso a mi hogar, hago toda la casa, preparo la cena para mi mujer e hijos y no me acuesto hasta dejarlo todo listo para mañana. ¿Qué te parece, primo?

Que qué me parece dirán ustedes. Pues, qué me va a parecer: un auténtico coñazo. ¡Y a mí qué cojones me importará lo que haga el Superman este! Me la trae auténticamente floja. Y lo jodido de todo es que no para de hablar durante toda la reunión para, al fin de cuentas, contar siempre la misma morralla. Entonces, es cuando yo pienso: ‘¡Qué he hecho yo, Dios mío, para merecer semejante castigo, por favor!’. Como era de suponer, los veintitrés restantes asienten con la cabeza a lo que dice aquél, mientras pasan de ti como de la mierda. ¡Verdaderamente cojonudo!

No obstante, todo principio tiene un final. Tras cuatro horas de auténtico sufrimiento, llega el momento de la despedida. Sin embargo, la situación empeora aún más, hasta llegar a límites insoportables. Y es que aquellos familiares que ni siquiera te han mirado a la cara durante la comida, te hablan ahora con total naturalidad y comienzan a contarte su vida y milagros sin ningún tipo de miramiento. Tú, entonces, piensas para tus adentros: ‘¿Vosotros decís que sois familia mía? Lo que sois es una panda de mal nacidos, que en vez de dejar que me marche me mortificáis hasta chuparme la última gota de sangre que me queda. Ni que fuerais Hacienda, la ostia’. El caso es que, dos horas después, logras liberarte de ellos y, cuando llegas a casa, estás tan desfigurado que hasta tu parienta te dice:

- Manolo, vamos a Urgencias que tú estás muy malo, hombre, que no puede ser.

Lo que me faltaba: no he tenido bastante con aguantar a los que afirman ser mi familia para que, acto seguido, vengan esos sicarios de la Seguridad Social y me rematen. ‘¡Id todos a tomar por culo, hombre!’

Bueno, mi consejo es el siguiente: si sus familiares les invitan a una de esas reuniones de los cojones, no vayan; y, si no les queda más remedio que hacerlo, cágense en todos sus muertos (los de ellos y los suyos que, para el caso, son todos parientes).

DE PROFESIÓN, GILIPOLLAS


De profesión, gilipollas

Lo confieso: soy docente. ¿Que no saben qué es un docente? La misma palabra lo dice: el término ‘docente’ proviene del latín DO – CENTE. ¿Lo entienden? Yo les explico, hombre: do es una abreviatura de ‘don’, o sea, persona importante, inteligente y de imponente porte (¿se me ve, verdad?); cente, en cambio, viene a ser una abreviatura de ‘Centella’ – sí; el que brilla, limpia y da esplendor-, esto es, persona a la que le dan brillo y cera por todas partes y que nunca se entera de nada. ¿Comprenden ahora qué es un docente? Sí, un gilipollas; así como suena (GI-LI-PO-LLAS).

¿Se han sentido alguna vez gilipollas? Seguro que sí. Yo lo soy y me siento orgulloso de ello. Acudo todos los días a un trabajo que no me gusta, me dan para el pelo (así me luce) sin parar y, además, me pagan por ello. ¡Cojonudo! Sólo me falta crear una O.N.G., que se llame ‘Gilipollas sin fronteras’. ¿Se lo imaginan? Además, nuestro lema podría ser éste: ‘Soy gilipollas allá donde quiera que voy, / soy gilipollas y me gusta un montón, / GILIPOLLAS SIN FRONTERAS es nuestra organización: / habría muchos más gilipollas con tu participación’. ¿Se apuntan?

¿El gili nace o se hace? La preguntita se las trae. Yo no nací docente; pero, para ser sincero, desde pequeño apuntaba ya maneras: me vestía como tal, sin ninguna gracia; hacía lo que me decían (al menos, te ahorras pensar; y, como el coste de las facturas es tan elevado); iba al lugar que me mandaban (para más joder, me tenía que desplazar a pie); no me enteraba de nada (con mi inteligencia, eso no es difícil de creer). Recuerdo que mi madre siempre me decía: “si todos fueran como tú, ¿a dónde iríamos a parar?” Está claro: a la O.N.G. ¡Ala: más gilipollas! (si ya no éramos bastantes...).

Ustedes deberían formularme ahora esta cuestión: ‘¿te arrepientes de ser gili?’ Bueno; serlo tiene sus ventajas: nadie te tiene en cuenta; todo el mundo pasa de ti; la gente te rehuye por la calle (así, al menos, te ahorras los tragos); no te gastas dinero en trapitos (¿para qué, si las tías pasan de uno?); y, lo mejor, te pagan por ello (‘¡dale a ése la mierda que no quiera hacer nadie!; total, es gilipollas). ¿Alguien se quiere unir al club?

Como habrán podido ver, nuestra vida no es tan mala: nacemos, hacen con nosotros lo que quieren y, cuando resultamos ya totalmente improductivos, se desprenden de nuestros cuerpos. Lo que pasa es que no quieren reconocer que somos útiles y necesarios para la sociedad; ¿que no? Si no fuera por nosotros, ¿quién se comería la basura que los demás no quieren? Además, la gente, cuando nos ve, se da cuenta de su alto grado de inteligencia. ¡Jo! Si hacemos un gran favor a la sociedad. Nos tenían que dar un plus por ello. No estaría mal: 300 euros más al mes, por cumplir con alto grado de eficacia su papel de gilipollas. ¡Ole! ¡vivan los gilis!

¡CONSÚLTEME DE NUEVO, DOCTOR!


¡Consúlteme de nuevo, doctor!

Como burro que soy, tengo por costumbre acudir al centro médico cuando me siento enfermo. Y es una auténtica burrada dirigirse a un centro de la Seguridad Social cuando padeces síntomas de una enfermedad. Ustedes se preguntarán porqué. ¡Sencillo!: un centro médico resulta el lugar adecuado para que un enfermo no alivie los síntomas que sentía antes de dirigirse allí; asimismo, ofrece la enorme ventaja de que, si consigues salir de allí con vida, lo haces doblemente enfermo: por el precio de una afección, obtienes otra –vamos, ‘traiga una enfermedad, que le obsequiaremos con otra de regalo’; como en el súper-.

Cuando uno se siente enfermo, posee la costumbre de llamar al centro médico para solicitar una cita. ¡Craso error, señores! ¿No se han fijado en que cada vez que llamas a un sitio de éstos la centralita está colapsada? Siempre está comunicando, que parece que todos enfermáramos a la misma hora. ¡También es casualidad, hombre! El caso es que tras tres horas colgado al teléfono, logras comunicar con ellos. Sin embargo, el problema no se ha solucionado. Al contrario, pues todavía se complica más. Resulta curioso, pero la hora que te asignan para acudir a tu médico de cabecera casi nunca coincide con aquélla a la que te atienden. ¿Que no? Y es que tú te cansas de esperar en la salita, con un dolor de cabeza que te pasas, mientras ves cómo tu médico manda pasar a infinidad de pacientes, sin mencionar tu nombre. Entonces, después de un largo período de espera –no sabes cuántas horas, que ya has perdido la cuenta-, te envalentonas y acercas cuidadosamente a tu doctor de cabecera, al que preguntas con voz tímida y temblorosa:

- Disculpe, doctor. Mi nombre es Ceferino Mataconejos (ahora se entiende el porqué de ese tono de voz). Tenía consulta a las diez de la mañana y ya son las doce y media. ¿A qué hora, si no es molestia, podría usted atenderme?

- No se preocupe, hombre –le dice el médico, con un pedazo morro que se lo pisa el cabrón-. Voy a mirar en mi libro. No, aquí no está ningún Mataconejos. Baje a centralita y pregunte que allí le resolverán el problema.

Entonces, te diriges desostiado y con mayor dolor de cabeza del que traías a la centralita. Lógicamente, allí también tienes que hacer cola para que te atiendan. Cuando logras tu objetivo, se suele entablar una curiosa charla con el de la centralita:

- Perdone. Me llamo Ceferino Mataconejos y tenía cita a las diez de la mañana con el doctor Cabezón, mas no aparezco en su lista. ¿Podrían mirar qué pasa?

- Sí, a ver. ¿Mataconejos? Sí. Disculpe, hombre. Ha debido de haber un error (¡qué raro, joder!). Su nombre aparece aquí, citado a las diez de la mañana, con el pediatra (‘¡pedazo capullos!’; a este paso, tendrá hasta conejitas). Espere, que ahora lo solucionamos.

Media hora después, regresas a la puerta que da acceso a la consulta del doctor. “Ya es la una y todavía no me han atendido”, piensas. Entonces, te percatas de otro detalle: los pacientes entramos y salimos de la consulta, como si de una atracción de feria llamada ‘La máquina del terror’ se tratase. Es verdad, que debemos mirarles con mala cara, pues apenas hemos cruzado la puerta de la consulta ya nos echan. Y, en ese corto mas intenso intervalo de tiempo, la conversación entre doctor y paciente suele ser de este pelo:

- Mataconejos, ¿verdad? Siéntese, rápido, que no tengo todo el día. ¿Qué es lo que le duele?

- Mire, doctor. La cabeza...

- Ya está (‘¿cómo que ya está?). Tómese una caja de Termalgin, tres veces al día, y problema resuelto. ¡El siguiente!

La madre que le parió: tres horas esperando para que, al final, ese doctorcillo de los cojones te recete un medicamento que puedes pedir en cualquier farmacia, sin necesidad de receta médica. Y, como las desgracias no vienen solas, te percatas de que debes volver a solicitar cita para el mismo médico, ya que ese dolor de cabeza está motivado porque tienes la vista cansada y no ves tres en un burro. ‘¡Cago en la puta!’ Doble dolor de cabeza.

¡LÁDRAME DE NUEVO, SAM!


¡Ládrame de nuevo, Sam!

¿Sabemos hablar? La preguntita se las trae. A veces, me da la impresión de que más que hablar lo que hacemos es ladrar. ¿Que no? Hay ocasiones en las que empleamos expresiones que no son malintencionadas, pero que, analizadas en profundidad, pueden hacernos caer en la cuenta de lo perversa que puede resultar la persona con la que tratamos. Ya lo dice el refrán: ‘Mira cómo habla y te diré de qué pie cojea’. ¿Esto no aparece en el refranero? Es igual; no importa. Si no, se percatarán de que estoy en lo cierto.

¿Han estado alguna vez en una iglesia? ¿Que sólo van en el caso de que haya una BBCE, esto es, boda, bautizo, comunión o entierro? ¡No se preocupen! A mí me pasa igual; es que allí se habla de temas tan interesantes... Y, claro está, resulta más productivo y gratificante para nuestro espíritu escuchar esas charlas sentado en esos cómodos asientos, que no le duele a uno el culo ni nada cuando se levanta, que estar de pie durante unos cuarenta y cinco cortos (¿eh?) minutos. Sin embargo, siempre hay alguna persona que, mientras permaneces en un estado tal de embelesamiento producido por esas interesantes retahílas, te viene a despertar de ese sueño con una frase como ésta: “Por favor, ¿sería tan amable usted de correrse a un lado para que pueda sentarme?” ¡Hay que joderse! Yo, que pensé que aquí dentro me hallaría libre de todo pecado, y resulta que una buena viejecita de en torno a los ochenta años de edad me pide que, en medio de la celebración eclesiástica, me corra a un lado para hacerle sitio. Y esto no es todo porque, ¿cómo les digo yo a las otras personas que están conmigo que deben de correrse sobre el asiento para hacerle sitio a esa viejecita? Yo, que había acudido a la iglesia para limpiar mi alma, y resulta que voy a salir de allí con el alma más sucia y, además, con un par de hostias (no de las sagradas) bajo el brazo. ¡Esto no puede ser, hombre!

Como ya les había mencionado al inicio de mi alocución, nos expresamos por medio de ladridos, que no hablando. Si no, imagínense esta otra situación: estás en una clase, escuchando al típico profesor de turno soltar por su boquita las mismas sandeces de todos los días, cuando a Pepito, el listillo de clase -¡odio al puñetero Pepito!- le surge una duda: ‘Tengo una duda, profe’. Entonces, ni corto ni perezoso, aquél le contesta lo siguiente: “espera, Pepito, que ahora mismo acabo con Rodolfo y voy contigo”. ¡Coño!, ¿será psicópata el cabrón del profesor? ¿No venía a dar clase? Además, si tiene que acabar con alguien que sea antes con Pepito, que es un peñazo de tío, y no con Rodolfo, que me chiva las respuestas de los exámenes. ¿Tengo razón, señores?

Sirva esto, a modo de ejemplo, para que se piensen muy bien lo que van a decir antes de hacerlo, que luego ya no tiene remedio. ¡Dejemos los ladridos para los perros! Hablemos y, si es necesario, hagámoslo de sexo (‘¡ole!’), pero hablemos; que soltamos unas..., que vamos a convertirnos en las próximas estrellas del Waku – Waku (pobres animales; que, ¿a qué se van a dedicar si también les quitamos el pan?). Por favor, háganme caso y, cada vez que vayan a hablar con alguien, piensen de antemano lo que le van a soltar; que, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”. Bueno, que si seguimos por estos derroteros, al pez lo van a matar antes de que abra la boca. ¿No me creen?

ESAS DICHOSAS EXPRESIONES


Esas dichosas expresiones

¿Se han percatado de lo brutos que podemos llegar a ser al hablar? Es curioso, pero parece que algunas de las expresiones que empleamos para expresarnos están hechas con muy mala leche. ¿Que no me creen? Les voy a mentar sólo, como anticipo, dos de ellas -¡hay muchas más!-, y verán cómo estoy en lo cierto; si no, ¡que me capen! -bueno, eso dejémoslo para más tarde-.

Cuando alguna cosa nos sale mal, solemos expresar nuestro enfado mediante esta expresión: ‘Me voy a cagar en...’. Yo, sinceramente, me acojono al oír que un amigo me lo dice: ‘Me voy a cagar en ti y en tus muertos’. ¿Qué significa esto? ¿Que no hay un váter cerca y que se va a hacer las necesidades encima mío? ¡Será guarro! ¿Y, mi madre? ¿Qué culpa tiene? ¡Joder!: éste no debe tener problemas de hemorroides. ¿Y si ‘se caga en todos’? Esto ya puede resultar más que problemático porque tener que ir detrás de cada uno para hacérselo (las necesidades, se entiende) encima de ellos manda muchos huevos. ¿Se imaginan que al tío se le ocurra ‘cagarse’ en la fila de gente que está esperando conseguir una entrada para ver a los de O.T.? ¿No te jode? Ya me lo imagino yo, con los pantalones bajados, ante una cola (‘culo y colas; ¡siempre la misma paja!’) de más de mil personas, agachándose ante cada uno de ellos, para poder cumplir su promesa (la de cagarse en todo quisqui). ¡Vaya suerte para los vendedores de ambientadores! ¡Qué putada para los de Hemoal! –mal de muchos, ¿consuelo de ‘tontos’?- Bueno; y eso... si la gente se deja, que si tienes que ir tras ellos con los pantalones rozando el suelo, ya me dirás cómo lo haces.

Si curiosa resulta esta expresión, la que voy a mencionar ahora no se queda atrás. Supongan que están hablando con un amigo; éste te ha contado una bola y te la has creído del todo. Al percatarte de ello, vas y le sueltas lo siguiente: ‘tío, me la has metido hasta el fondo’. ¿Perdón? ¿Que te ha metido qué? Pero, ¿no estabais hablando? ¡Coño!: si cada vez que yo me equivoco me la meten hasta el fondo, hasta el vendedor de vaselina se va a arruinar. ¡Manda huevos, que acabo con el negocio de todos! ¿No sería más lógico que dijéramos algo así como ‘me has contado una mentira tan gorda (bueno, dejemos lo de ‘gorda’, que si no las cosa pueden ir a peor) que me la he creído’? ¿Es que tan desesperados estamos que debemos de metérsela al amigo para apaciguar nuestros instintos animales? ¡Qué mal andamos, señores!

¡Dichoso lenguaje! Primeramente, nos cagamos en todo(s) para, acto seguido, metérsela hasta el fondo. ¡Esto no puede ser, hombre! ¿No sería mejor que primero la metiéramos hasta el fondo para luego cagarnos...? Bueno; dejémoslo, que no vamos por la senda del Señor. El caso es que empleamos expresiones como éstas a diario y que nadie se percata de ello. O, ¿será que disfrutamos con ello? ¡Qué pillos!

CHARLAS DE ASCENSOR


Charlas de ascensor

Me encantan esas apasionantes charlas que uno llega a mantener con alguien que no conoce, por ejemplo, en el ascensor. Resulta fascinante. Pulsas la dichosa teclita para llamar al ascensor (sería mejor hacerlo a gritos: ‘Baja de una puta vez, cabrón’) y, de pronto, al abrirse la puerta te encuentras con una persona que va en el ascensor y que se dirige a la novena planta. Tú estás en la segunda y te encaminas hacia la décima. Le miras, te mira; rehuyes su mirada, él hace lo propio con la tuya. Entonces, se entabla entre los dos una interesante conversación:

- ÉL: ¿Hace calor hoy, verdad?

- TÚ: Sí, parece que viene otro día de calor.

Permítanme, llegados a este punto, hacer un primer inciso. Uno de los temas empleados habitualmente para dirigirnos a un desconocido es el del tiempo: ‘hace frío’; ‘llueve mucho’; etc. Con la cantidad de temas interesantes de los que podríamos hablar en nuestra primera cita (la inflación; la crisis de Irak; ¿volverá Marujita con Dinio?); pero no: tenemos que departir sobre la climatología. Es estúpido. Esto es como si yo me encontrara en el ascensor a la mismísima Naomi Campbell y la preguntara sobre el tiempo. Entonces, ella pensaría eso de: ‘¡Qué estúpido es este tío! Con las ganas que tengo de tirármelo, y va y me pregunta sobre el tiempo. ¡Qué mala suerte tengo con los hombres, joder! ¡Qué mala suerte!’

Claro; y, ¿si no es del tiempo, de qué vamos a hablar? Pues, le preguntamos la hora. Así, surge otra de esas gloriosas charlas de ascensor:

- ÉL: Perdona, ¿me podría decir qué hora es?

- TÚ: Lo siento, pero no tengo reloj.

¡Qué putada, hombre! Inciso: ¿se han percatado de que, en muchas ocasiones, aquél que pregunta la hora lleva un reloj en la mano? Hombre, de Dios. Entre todos los seres humanos que habitan este planeta, me tenías que tocar tú, GI – LI – PO – LLAS. No sé qué deben tener los ascensores, pero parece que a todo el mundo, cuando entra en ellos, le cambia la hora o se les para el reloj. La verdad es que, al toparme con uno de estos sujetos en el ascensor, me entran las ganas de responderle en estos términos: ‘¿Que qué hora es? Gira la muñeca para que pueda mirar tu reloj y decirte qué hora es, tonto del culo’.

¡Cómo no! Si los que coinciden en el ascensor son dos intelectuales, la conversación gana muchos enteros:

- ÉSE: ¿Con que va al noveno piso, verdad?

- AQUÉL: Sí, al noveno.

Inciso: estos tíos son realmente unos zopencos. ¿Crees que la otra persona no se ha percatado de que tú has observado en el panel el piso al que se dirigía, hecho lo cual has formulado tan interesante pregunta? ¡Tonto, coño! Ya sólo faltaba que le respondiera en estos términos: ‘¡Impresionante! Pero, ¿cómo lo ha sabido? Explíquemelo, por favor, que no salgo de mi asombro.’

Lo que a mí me remata es cuando el que entra en el ascensor padece de claustrofobia. ¡Qué pedazo conversación se produce, entonces, entre los dos!. Vean:

- ÉL: Disculpe; ¿no le dan miedo los ascensores? Es que tengo claustrofobia y lo paso francamente mal cuando me subo en ellos.

- TÚ: No se preocupe, que pronto llegamos. Los ascensores son muy seguros.

Último inciso: tanta educación me mata. Lo que había que contestarle a estas personas era esto: ‘Si tienes miedo, tío, no montes y déjame en paz; que tú también, estás en el segundo piso y coges el ascensor para subir al tercero; ¡vago de los cojones!’.

Háganme caso y sean prudentes: lleven pensado el tema del que van a tratar antes de poner pie en un ascensor. Tengan en cuenta que, generalmente, la(s) persona(s) con las que toparán en él serán auténticos desconocidos para ustedes. Por ello, es importante que sepan de antemano lo que van a decir. Se lo digo por su bien, para que no queden como auténticos estúpidos. Bueno, bien es cierto que, en muchos casos, eso no es nada complicado.

EL DEL MONO CON LA BALLESTA


El del mono con la ballesta

¿Saben? He cambiado de profesión. Antes era profesor, pero no me gustaba (demasiados niños alrededor). Ahora, ya no. Ahora me he convertido en crítico de anuncios. Se preguntarán: ¿qué es eso? La misma expresión lo dice todo: crítico, que critica; de anuncios, esto es, de lo que anuncian. Los anuncios que a mí me gustan son los de la tele. ¡Hay unos pedazo anuncios! Para que sepan cómo trabaja un crítico de anuncios televisivos, les voy a analizar uno de esos anuncios que podemos ver todos los días a través de nuestro aparato televisivo; y no les voy a cobrar. ¡Qué chollo!


¿Han visto el anuncio del Renault Clio? Sí; ése en el que aparece un tío conduciendo un flamante Clio azul por la autopista, acompañado de un ‘mono con una ballesta’. ¿Se lo imaginan? Vas tú por la carretera, con tu pedazo de Seat 600 de un color oscuro a lo Michael Jackson y, de pronto, te topas con ese coche que lleva como pasajero a un mono. Entonces, te quedas pensativo y piensas eso de: “¡qué mala ostia tiene tu suegra, macho; que lo siento por ti!”. Y el caso es que yo siempre me lo pregunto: ¿por qué eligieron a un mono como acompañante de ese tío? Será que como el tipo está cachas le están llamando mono (‘es guapillo y eso’). Aunque también puede ser que a los del anuncio les fastidie que el tío vaya tan de chulo y guaperas por la vida, y hayan pensado que ‘por ser tan chulo te jodes y te plantamos un mono al lado, para que pases vergüenza’. Bueno, prefiero eso que pensar que al tío le va la zoofilia; si es así, podrían haber elegido un coche más amplio (un Mercedes Clase C), que el espacio también cuenta en ese tipo de ocasiones.


Si curioso resulta tener de acompañante a un mono –bueno; si es el jefe, ya lo puedo hasta entender-, no menos llamativo es que éste lleve una ballesta entre sus manos. ¿Qué nos querrán decir con esto? Sí, hombre, que a los del anuncio les fastidia tanto que el tío vaya de chuleta por la vida, que quieren cargárselo –‘¿no habría sido mejor contratar a otro?’-. Igual, también se puede referir a que, visto que el conductor está tan bueno, se la pone dura a los pasajeros -¿hasta tal extremo? Yo también quiero un coche así-.


Claro; pero, aquí no acaba todo. La cuestión es rizar el rizo; y, como ya no nos había costado interpretar a qué querrían aludir con el tema del mono, van y nos sueltan ahora otra imagen en la que aparece el mismo tío de antes, aunque esta vez acompañado de un ‘pingüino con dinamita’. ¡Va! No es tan difícil. Lo del pingüino es evidente: el coche tiene aire acondicionado para que el pingüino no pase calor; pero, ¿la dinamita? Será que si le quitas el aire acondicionado, amenaza con volar el coche y tu cabeza con la dinamita. No obstante, ¿a quién representará el pingüino? A su suegra. Así todo cobra sentido: el pingüino, su suegra, es una persona fría y calculadora, que necesita del aire acondicionado para no calentarse demasiado –lo que a mí me extraña es que exista alguien capaz de hacerla entrar en calor-. Asimismo, su suegra siempre está de mala ostia, como casi todas las suegras. Por eso, lleva la dinamita; que, cuando se enfada, explota y arrasa con todo lo que tiene a su lado. ¡Pobrecito yerno! ¿No les da pena? A las suegras, seguro que no.


Ya saben; de ahora en adelante, cuando vean un anuncio televisivo, aprendan a leer entre líneas. Deben percatarse de que toda propaganda guarda escondida un mensaje subliminal. ¿Que no? Si no me creen, juzguen a los políticos que nos venden una imagen de corderitos, y luego resulta que se convierten en monos con ballestas o pingüinos con dinamita. ¡Ándense con ojo!

VA ... DE PELOTAS


Va...de pelotas

¿Se han percatado Vds. de la cantidad de expresiones empleadas en el lenguaje futbolístico y que tienen claras connotaciones sexuales? ¿No? Quizá, yo sea lo que mis amigos han dado en llamar una ‘mente calenturienta’; pero, esa idea me persigue, ataca, acosa... Si no, vean, vean...


A mí me apasiona el fútbol. ¿Saben que en el fútbol abundan este tipo de expresiones erótico-festivas? Si no, explíquenme a que se refiere un locutor cuando dice: “... y el portero la sacó con gran precisión y puntería”. ¿Perdón? ¿Qué dice que sacó? ¿La pelota? ¿Es que ahora se llama así a la cosa? Y, encima, ese ‘cabrón’ lo hizo con precisión y potencia. ¡Joder!: con lo que me cuesta a mí poder sacarla una vez al año (¡miren lo que les digo!), y él la saca en el Camp Nou, ante cien mil espectadores, todos los fines de semana, y nadie se inmuta. ¡Increíble!


¡Claro! Y, cuando uno la saca..., es para meterla en algún lado. ¡Por supuesto! Ahí está otra vez ese locutor, de mente calenturienta (¡cómo no!), que suelta lo siguiente: “Va el delantero y, de potente disparo, la mete por toda la escuadra”. ¿Perdón? ¡Que hace qué? ¿Cómo que la mete de un potente disparo? ¡Joder!: ¡pues eso tiene que doler! Bueno, lo que no me extraña es que lo celebre; pero, ¿que lo celebremos los demás? ¿Tan desesperados (entiéndase, tan hambrientos y necesitados) estamos que saltamos de nuestros asientos diciendo: “¡Qué golazo ha metido!”; “Sí, señor!”; “¿Con dos cojones!” (hombre, claro; esto último es evidente? Lo que daría yo por estar en su piel..., ¡que me gasto la mitad de mi sueldo en películas porno! Ahora comprendo porque desde pequeño quise ser futbolista; aunque prefiero no pensar porqué mi madre también quería que yo fuera futbolista. ¡Ay, mamá, mamá!: ¡siempre pensando en lo mismo!; siempre pensando en lo mismo.


Sin embargo, el delantero no siempre es tan afortunado y la mete; pero, parece que ese locutor, en vez de sentirlo, se regodea de ello. Si no, yo no puedo entender porqué ese locutor de las ondas dice, al final del encuentro, eso de: “...y el delantero no mojó”. ¡Qué ser tan perverso, oye! ¡Que es una desgracia que tu equipo no moje! ¿Se imaginan Vds. que ese ‘ente’, ese ridículo espectador de la realidad, se hiciera eco de todas las veces que no llegamos a mojar el churro? ¡Sería la ostia! –“Este fin de semana, Toni tampoco mojó!”- ‘¿Serás cabrón? Pero, ¿qué te he hecho yo para que me trates así, jodido? ¡Así de bien te irá también a ti, perro! ¡Así de bien!


Pero, eso no es todo. ¡Ni mucho menos! Recuerdo una vez, durante la retransmisión de un partido, que el locutor achacó la falta de solvencia de los defensas del Barça a lo siguiente: “El problema es que Ferrer y Sergi no se corren por las bandas”. ¿Cómo? ¡Disculpe! Eso no es un problema, ésa es una suerte; porque ya me dirán Vds. cómo esos defensas iban a llegar al área contraria si se corrían por las bandas. ¿En qué estaba pensando el locutor, coño? ¿En qué coño estaría pensando el locutor?


No sé, no sé. Esto del sexo en el fútbol es un misterio sin resolver. Si no fuera así, que me expliquen cómo se podría comprender lo siguiente. “Y el defensa la sube por la banda”. ¡Coño! ¿Y los otros no se acojonan? ¡Vaya espectáculo! Imagínense ustedes que van a sus respectivos puestos de trabajo, y la suben por las escaleras. ¡Hombre, no! Si ya cuesta hoy en día conseguir un ejemplo, como para dar semejante espectáculo delante del jefe. Y piensen que, en vez de jefe, fuera jefa y les dijera: ¡Patético, hombre!; ¡patético! DES-PE-DI-DO. ¡Vaya putada!


No me gustaría terminar esta disquisición futbolística sin que se fijaran en un detalle: ¿por qué los comentaristas de fútbol se quejan de que cada vez se juegan más encuentros los domingos que los sábados y de que esto no debería ser así? Los sábados han sido, son y serán ‘el día del fornicio’ por excelencia. Y, claro, con todo lo expuesto hasta ahora, ¿hay alguien que todavía no piense que el fútbol es el mejor sustitutivo del sexo? ¡Así entiendo que a Vds. les guste el fútbol, jodidos! A mí también, hombre; ¡a mí, también!

MEN IN BLACK 2


Men in black 2

¿Saben? A mí siempre me ha sorprendido la figura del árbitro en el fútbol. ¿A ustedes, no? Analicémosla detenidamente: el árbitro es un tío, que suele ir de negro (¡no tenían otro color!) y que sigue la jugada con detenimiento, cortándola (la jugada, se sobrentiende; ¡malpensados!) cuando lo considera necesario. Y digo yo: ¡esto tiene otra lectura, hombre! Si no, vean. El árbitro es un tío desesperado (por eso va de negro), que antes solía ver los partidos por la tele y que no se comía ni una rosca; por ese motivo, decidió vivir el espectáculo del fútbol en directo y ver cómo el defensa se corre por la banda o los delanteros la meten por toda la escuadra (ahora entiendo porque Vän Gääl, ex - entrenador del Barça, lleva siempre una libreta a los partidos: para tomar apuntes, que esa lección no le había quedado nada clara, ¡pillín!). Y, ¡cómo no!, cuando no ha visto bien la jugada, pita falta, pues quiere volver a ver cómo los defensas se corren por las bandas (no se han fijado que el árbitro también lleva una libreta, como Vän Gääl?); o, fuera de juego, ya que no le ha gustado cómo el delantero la mete por la escuadra (‘¡qué cabrón!’; ni que él las metiera como Hugo Sánchez, con chilena incluida, ¡manda huevos!). Ahora puedo llegar a entender porqué nadie quiere ser árbitro de fútbol. Es que, explícale a tus amigos qué te ha llevado a ser árbitro de fútbol. ¡Joder con el cachondeo! ¡Como si ahora ya no tuviera bastante!

Pero, eso no es todo, no. ¿Se han fijado Vds. alguna vez en el pito del árbitro? ¡Sí señores, sí! El árbitro es un señor que lleva colgando a todos los partidos su ‘pito’ y que parece, por si esto no fuera suficiente, que está orgulloso de él. Explíquenme, si no, porqué este señor se pasa la mitad del encuentro con su miembro (¡el pito, perdón!) en la boca. ¿No tendrá otro tipo de entretenimiento ese ‘cabrón’? ¡Joder! Este tipo tendría un futuro como estrella del porno... de cojones (nunca mejor dicho, ¡de cojones!). Aunque, para cojones, los de los jugadores, que... ¿han visto dónde ponen sus manos a la hora de colocar la barrera? ¡Qué calentorros, hombre! ¡Qué calentorros!

¿Y los jueces de línea? Esto es increíble: dos tíos que se corren la banda durante noventa minutos, agarrados a su banderín, levantándolo o bajándolo según la posesión del balón corresponda a uno u otro equipo. ¡Esos tíos sí que están desesperados, joder! ¡Y lo que aguantan los cabrones: noventa minutos de juego, más la prolongación (nunca mejor dicho)! ¡Claro! Y el cuarto árbitro, ahí, que espera a que alguno se lesione para poder entrar al terreno de juego. “Es que... es para tomar apuntes” (como el Vän Gääl, ¿no te jode?)

Pero, ¿los jugadores? ¿No se han preguntado en alguna ocasión a qué juegan? Recuerdo una imagen que se produjo hace años en un terreno de juego y que me dejó totalmente traumatizado. ¡Seguro que Vds. la vieron alguna vez! Sí, hombre, cuando Míchel le tocaba sus partes a Valderrama, el de los pelos a lo ‘afro’ (¡como los míos!). No sé si se acordarán de la cara que puso Valderrama ante esa situación: ¡al tío se le quedó una cara! ¿Y Míchel? ¿Es que el tío estaba tan desesperado como para sobarle en sus partes ante tanta gente? ¡Seguro que el ‘cabrón’ disfrutó! Ahora, al menos, sí puedo entender que ‘el fútbol es un deporte de pelotas’ (yo pensé que eran de otro tipo, aunque nunca se sabe...; nunca se sabe). ¡Mira que ya jode que un tío cobre tantos millones por tocar las pelotas! Es lo mismo que el jefe hace conmigo todos los días en el trabajo, aunque a mí no me paga un duro por ello. ¡Hay que joderse, coño! ¡Hay que joderse!

¡Lógico! Visto todo esto, los que también deben disfrutar de este espectáculo del fútbol son los cámaras de televisión. ¡Ahora lo comprendo! Tanta cámara, tantas repeticiones de la ‘corrida’ (¡perdón!, la jugada; ¿en qué estaría yo pensando?) desde todos los ángulos, para ver las pelotas del Butragueño -¿recuerdan?- que no logro asimilar cómo el buitre podía volar con tanto peso a su cola (o línea de flotación, ¡como Vds. prefieran!).

SOBRE LAS VENTAJAS DE SALIR CON UN CONCEJAL


Sobre las ventajas de salir con un concejal

¿Han salido Vds. alguna vez con un concejal? Es curioso, pero yo salgo con uno; y, ¡no vean cómo me sonríe la vida! Antes de que mi amigo fuera concejal, por poner un ejemplo, nadie nos hacía ni puñetero caso. Ahora, tampoco y encima se cachondean de nosotros. Vas por la calle y te dicen: “¡Haz que el tren pase por mi casa, concejal!; “¡concejal: recupera el Concorde para que pueda desplazarme los fines de semana a la playa, sin colas (por cierto; no es por ser malo, pero ¿a qué tipo de colas se referirán?; porque, si es a las que yo pienso, ¡malo!)”. Es increíble, pero la gente se cree que por ser concejal te conviertes en un gilipollas .

¡Miren lo interesante que resulta salir con un concejal! Cuando mi amigo era una persona normal y corriente, nunca hablábamos de política. Ahora, en cambio, que sigue siendo un ser tan insignificante como antes, el único tema de conversación que tenemos es la evolución del plan urbanístico en nuestro pueblo. Si antes no nos comíamos una rosca, ahora nos vamos a comer el doble: ¡nada de nada!

Cuando eligieron a mi amigo concejal, yo estaba muy contento. Pensé: “las chicas, con eso de que tienes un colega en las altas cimas del poder, nos empezarán a acosar, perseguir y solicitar favores sexuales.” ¡Y un huevo! Éstas se han enterado de que hablábamos sobre los planes urbanísticos en nuestro pueblo y escapan de nosotros. ¡Manda muchos cojones!

Una de las cosas de las que me ha dado cuenta es ésta: desde que salgo con un concejal, me he vuelto un pedigüeño. Me explico: “¡Tío, que los policías me cosen a multas! Diles que soy un amiguete tuyo y que hagan la vista gorda”. “¡Oye, que no tengo pelas para pagarme los tragos! Coméntale al alcalde que, como sóis amiguetes, proponga en el siguiente pleno que los tragos sean gratis para el menda”. ¡Sí, sí!: pedir...pido, pero cuando mi colega se cruza por la calle con el alcalde, éste ni le conoce. ¡Hay que joderse!

¿Saben que mi madre está ilusionada porque tengo un amigo que es concejal? Me suele decir: “¡Hijo mío: ¿ves a dónde ha llegado tu amigo? ¿Y, tú? ¿A qué esperas? ¿Cuándo vas a espabilar? ¡Vergüenza te tenía que dar, hijo!”. Entonces, yo me pregunto: “¿Qué he hecho yo para merecerme esto? ¿Qué te he hecho yo, tío, para merecerme esto?”

En fin; como decía una gran sabia de nuestro tiempo, ‘la vida es una tómbola, tóm-, tóm-, tómbola...’ ¿Verdad? Soy amigo de un concejal y la vida me sonríe: las chicas pasan de mí, como antes; los temas de conversación de mi cuadrilla se han vuelto cada vez más interesantes; mi madre ya no me puede tragar... ‘¡Me cago en tó!’ Y, aún hay más: ¿saben que es lo mejor de todo? Que mi amigo se presentó como tercer suplente por la lista de su partido y, como es evidente, elegido no ha salido. ¡Qué mala suerte, hombre! ¡Qué mala suerte!

LAS SIGLAS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS


Las siglas de los partidos políticos


¿Por qué los partidos políticos se ponen siglas a sí mismos? ¿Para que los identifiquemos? No, señores. Con el paso del tiempo, yo solito he sido capaz de aclarar este Expediente X: los partidos políticos emplean las siglas para ocultar sus verdaderas intenciones. Tras esas siglas, se esconde su auténtica personalidad. ¿Que no? Si analizamos las siglas de los tres partidos españoles más votados, descubrirán que me hallo en lo cierto. Vean.

Nos dicen que las siglas PP simbolizan al Partido Popular. ¡Falso! Esas dos letras lo expresan claramente: PP = Por Pelotas. Y, es que el Gobierno lo hace todo por sus pelotas (las de Aznar, se sobrentiende): que las empresas eran públicas, pues se privatizan todas por pelotas; que los inmigrantes estorban, pues se los echa del país por pelotas (por los huevos del presidente, que así sea). ¿Saben cuál fue el verdadero motivo de la llamada Crisis de Irak? Yo, Colombo de pro, lo descubrí en una entrevista privada entre el señor Bush y el presidente Aznar a la que, en primicia, pude acceder:

- BUSH: Mi queridísimo Anzar, he decidido bombardear Irak y tú me vas a apoyar. Si no, no te comes ni un colín.

- ANZAR: Bien, bien. Me parece un gran razonamiento.

- BUSH: ¿Ya sabes el porqué vamos a atacar Irak (no por el petróleo, precisamente)?

- ANZAR: Claro está, gran Dios; por el mismo motivo por el que hago yo las cosas en mi país: ¡por pelotas!

- BUSH: Así me gusta. Mira que eres mi pequeño gran hombre. Con tu gran astucia y mi enorme sabiduría llegaremos muy alto, presidente Anzar.

Claro está, así nos luce el pelo a todos. ¡Que Dios nos coja confesados, por favor!

Prosigamos nuestro estudio y sírvanos ahora como materia de análisis el principal partido de la oposición: PSE-PSOE. Ya, el Partido Socialista Obrero Español; ¡y un huevo! Las siglas mismas lo manifiestan con toda claridad: PSE = Partido Pers(o)eguidor. Así podemos entender el porqué este partido se ha convertido en el eterno partido de la oposición; bueno, por esto y por Zapatero (ya lo dice el refrán: “Zapatero, a tus zapatos”). Y, es evidente que como el partido no cambie de nombre –yo les propongo otras siglas: PPGY = Por Pelotas Gobierno Yo- difícil lo va a tener (quien propone un cambio de siglas podría perfectamente pedir una total modificación de las estructuras que lo rigen; total, puestos a ello).

En el caso de IU, el tercer partido en número de votos, las interpretaciones pueden ser diversas: IU =I Una mierda que nosotros vamos a mandar; I Un cojón que nosotros gobernamos; o, simplificando, I Una mierda. ¿Que no me creen? Ya uno de los antiguos secretarios de este partido, el gran Anguita, se lo manifestó a uno de los miembros de su partido en una entrevista carente de todo desperdicio:

- MIEMBRO DEL PARTIDO: Señor Secretario. Disculpe la interrupción, pero todas las encuestas pronostican el descenso de nuestro partido en las próximas Generales (Elecciones).

- EL SECRETARIO ANGUITA (rostro despreocupado): No dejes que esos pensamientos turben tu preclara mente. ¿Que no nos votan? Pues que no lo hagan, ya que ellos se lo pierden.

¿Comprenden ahora el porqué de su situación? Si está todo claro, demasiado clarito diría yo.

Para terminar, debemos decir que todos los partidos políticos son en sí mismos un Expediente X: bajo esas inocentes siglas, podemos descubrir su auténtica forma de ser y actuar. ¡Ah!, un inciso: ¿en qué estaría pensando el llamado Partido Nacionalista Vasco cuando nombró a su partido mediante las siglas PNV (‘Pe-Ne-Uve’)? ¿Suponen lo mismo que yo? Que no puede ser, hombre; que así nunca nos podremos tomar la política en serio (¿Lo han hecho acaso alguna vez? Como yo, entonces).

ESAS LLAMADITAS DE TELÉFONO


Esas llamaditas de teléfono


¿Para qué sirven los teléfonos? ¿Para que nos comuniquemos entre nosotros? ¡Mentira! Los teléfonos son un puro engaño. Yo he descubierto su verdadera utilidad: crear seres con estrés. ¿Que no? Imagínense esta situación: tú estás tranquilamente sentado en el sofá de tu casa, viendo cómo tu equipo de fútbol está empatando en casa del eterno rival. Quedan treinta segundos para que acabe el partido y nos pitan un penalti a favor. Te alegras y empiezas a rezar en todos los idiomas para que el delantero transforme la pena máxima y tu equipo logre vencer. El jugador se dispone a colocar el balón en el césped cuando, de pronto, el puto teléfono empieza a sonar: RING – RING- RING. Tú, que te pones nervioso, no sabes qué hacer: ¿ahora qué?, piensas. ¿Contesto al teléfono y pierdo de ver la jugada, o paso de la llamada? Pero, ¿si es importante? ¡Qué dilema, señores! El penalti que no se lanza y el teléfono, que no para de sonar. Te acercas a la puerta de la salita, la pena máxima que no se tira, el teléfono que sigue sonando... Entonces, te abalanzas por el pasillo y coges el teléfono. Preguntas quién es mientras estiras del cable hasta poder llegar a la puerta de la salita y... ¡mierda! Ha sido gol y no lo he visto. Y, por encima, resulta que se habían equivocado de número y colgaron el teléfono. ¡Su puta madre! Yo, que esperaba que la tarde fuera tranquila, y ya me la han vuelto a fastidiar. ¡Jo, qué mala suerte!

Esto no es lo peor. ¿Qué pasa cuando estás esperando una llamada de trabajo? Tú, todo el día allí, pendiente del teléfono, que cada vez que suena es como si te diera un vuelco al corazón. A ti, al que nunca llama nadie, y que, sin comerlo ni beberlo, comienzas a recibir llamadas totalmente intrascendentes: tu madre, que quiere saber si ya te has preparado la cena (‘Hijo mío, desde que vives solo estás más delgado; ¡que no me comes nadita!’); tu mejor y único amigo, al que se le ha parado el coche y te llama para ver si le prestas el tuyo (‘¡Y una mierda: antes la muerte!’); tu novia, que va a su puñetera onda, como siempre ‘(¡Ay, cariño! desde que vives solo ya no te preocupas de mí; que va a ser que ya no me quieres’). ¡Ostia! Ya sólo falta que José María García venga a mi casa y, cada vez que reciba una de esas inoportunas llamadas, diga eso de: ¡Uy, casi! Ante este tipo de situaciones, tu reacción es siempre la misma: te pillas un pedazo cabreo.. Un nerviosismo tal se apodera de todo tu cuerpo que, en un arrebato de furia, decides desconectar el teléfono: ‘¡Que se jodan! ¡Ahora no me molesta ni Dios!’ Cinco minutos después, te arrepientes de esa decisión y vuelves a conectar a toda prisa la línea de teléfono. De repente, observas que tienes una llamada perdida en el contestador: era la llamada de trabajo que tanto esperabas. Desesperado y aterrado, te dispones a escuchar el mensaje: ‘Le llamamos de la Empresa Claraboya, S.A. Queríamos comunicarle que, en principio, usted iba a ser el elegido para trabajar en nuestra empresa; pero, como quiera que nadie responde, ahora va a ser como que no. Lo sentimos’. ¡La madre que me parió! Una semana pendiente del dichoso teléfono para que, justo cuando lo desconecto, me llamen y no conteste. ¡Me cago en tó!

¿Y, si la llamada es la de la suegra? Ahí estás tú, en casa, con tu parienta; ella espera que su madre la llame para ir a recogerla al aeropuerto. Tus suegros vienen a pasar unos días a tu casa. ¡Qué horror! Mientras tu mujer se encuentra en la cocina, ahí estás tú, solo ante el peligro, tratando de cortar la línea de teléfono. ¡No vaya a ser que ella se entere, por Dios! ¿Y dicen que el teléfono es útil y necesario? ¡Es estresante! Tenían que prohibir terminantemente su uso. ¿Que no ven que como el tabaco resulta perjudicial para su salud? Ya saben. Sigan mi ejemplo y desháganse de él. El que quiera localizarle, que haga ejercicio y le busque. Su corazón se lo agradecerá.

EL VENDEDOR DE MÓVILES


El vendedor de móviles


¿Alguno de ustedes no tiene todavía móvil? ¡Mire que son raritos! Tengan en cuenta que hasta mi sobrino de cinco añitos lo usa. ¡Y tiene infrarrojos y todo! (el móvil, se sobrentiende). Bueno, el caso es que el uso del teléfono móvil se ha tornado en un ejercicio cotidiano para las épocas que hoy en día corren. Sin embargo, ¿hay alguien que se haya percatado de las curiosas combinaciones que pueden surgir si atendemos sólo a los tres primeros números de un móvil? ¿Qué no? Les voy a señalar sólo una de ellas para que comprueben que no voy desencaminado. Si no, vean.

Lo confieso. Poseo un móvil. No lo uso, pero luce bonito en el currículo: ‘carnet de conducir no tengo; en cambio, móvil, sí’. Sin embargo, esto no es lo mejor. Lo que más me sorprende de todo es contemplar sus tres primeros números. Ahora entiendo porqué no me llaman al teléfono cuando lo tengo encendido. ¿Con esos numeritos? Y Vds. se preguntarán: ¿a qué narices se refiere este tío? No sean impacientes que ahora se lo cuento.

Las tres primeras cifras de mi móvil son las siguientes: 666. ¿No les dice nada este número? A mí me pasaba lo mismo, hasta que uno de los colegas a los que les di mi número me soltó lo siguiente: “¡Fuera de aquí, Satanás!”. Y, mientras pronunciaba esta frase, cruzaba los dedos como si hiciera la señal de la Cruz. ¡Manda huevos!: mis padres me estuvieron comiendo el tarro durante todo un año, que se dice fácil, para que me comprara el móvil y, al final, resulta que me llevo el número de Lucifer. ¡Ya pensé yo siempre que a mis padres les envolvía un cierto halo maléfico!; pero, ¿que fuera para tanto? Sin embargo, modestamente creo que la culpa no la tuvieron mis padres: ¡el culpable fue el vendedor! ¿Cómo lo sé? Evidente, querido Watson; el vendedor, al verme entrar en la tienda, debió de pensar: ‘parece que este tío tiene pelas; por consiguiente, le voy a tratar de vender el teléfono más caro de la tienda’. Sin embargo, la realidad resultó bien distinta: le compré un móvil (no me quedó más remedio; si no, mis padres me desheredan); el más barato, por supuesto. Por ello, como venganza, el avispado vendedor obró con premeditación y alevosía y me otorgó ese número maligno para que no me olvidara de él en lo que restase de mi existencia. ¡Y, por Dios, que no le olvido!

¿Cuál es la moraleja de todo esto? Fácil: “cuando vayas a comprar un móvil mira con qué presupuesto cuentas y a qué vendedor te enfrentas”. ¿Que no? Lo que yo les diga. Como no seas un poco listo..., ¡ZAS! Te colocan uno de esos números con el que te condenan de por vida. Piensen que a mí ya no me conocen por mi nombre. Yo soy el del 666. Llevo el estigma del malvado y jamás podré desprenderme de él. Aunque pasen los años, haya estado en posesión de más de veinte móviles diferentes y mi número actual comience por otras tres cifras distintas, siempre habrá alguien que me recuerde mi antigua condición: “a mí no me engañas, que eres el del 666”. Por cierto, ¿a quién le habrá caído el que empieza por 669? ¿A usted? ¡Qué jodido!

ESTOY DEPRIMÍO


Estoy 'deprimío'

Lo confieso: estoy ‘deprimío’. Es cierto, pero lo más jodido de todo es que me encuentro en este estado desde que nací. Soy, como se suele decir, depresivo por naturaleza. Al principio, me daba vergüenza admitirlo. No obstante, con el tiempo me he dado cuenta de que no es tan malo; es más: cada vez estoy más convencido de que los tíos ‘depres’ como yo resultamos totalmente necesarios para esta sociedad. ¿Que no? ¿Saben cuál es uno de los primeros síntomas de la depresión? Las ganas de no hacer nada. Cuando te sientes ‘depre’, no te apetece hacer nada. Sin embargo, eso no es tan malo; al contrario, a los depresivos, raza a la que yo pertenezco, se nos debería reconocer la creación de una de las especies humanas más extendidas a lo largo de la historia de la humanidad. ¿A qué especie me refiero? ¿No lo han adivinado aún? Sí, hombre: a los vagos. Tras un gran hombre, detrás de una gran mujer, encontramos siempre la misma persona: el vago. Está claro: Dios creó al hombre; al hombre le entró una gran depresión por verse obligado a hacer algo (bueno, Ana Obregón es la excepción que confirma la regla) y, por joder, creó al vago. ¡Miren si son necesarios los tíos ‘depres’ como el menda! Además, a nosotros, y sólo a nosotros, se nos debe atribuir la creación de dos especialidades deportivas, muy en boga en nuestros días. ¿Las adivinan? El ‘tumbing’ y el ‘zapping’. ¡Vaya chollo!

Cuando estás muy deprimido, no te apetece moverte de casa. Le coges miedo a todo y el hogar se convierte en tu mejor refugio. Y, claro, ahora se preguntarán: ¿de qué se alimenta una persona que no puede salir de casa y, como gran vago que es, no se siente capacitado como para moverse del sillón y soltar de la mano su mano a distancia? ¿Del aire? Pues, no. Evidentemente, de Tele Pizza. Sí, señores: ¡cuánto nos tendrían que agradecer los de Tele Pizza! Estoy convencido de que si no fuera por nosotros, dichas empresas desaparecerían del mapa. ¿No me creen? Reflexionen: ¿quién, en su sano juicio, podría comerse algo, de lo que dicen que ‘el secreto está en la masa’? ¡Y un huevo! ¡Que se lo coma tu padre, que para experimentos ya tengo bastante con tragarme La noche abierta de Pedro Ruiz! ¿No es cierto?

¿Qué? ¿Me creen ahora cuando digo eso de que estar deprimido no es tan malo? ¡Es increíble! Todo el mundo tiene miedo a las crisis: la crisis de los 30; la crisis de los 50; la suegra (bueno, ésa no es una crisis: es un castigo). El depresivo por naturaleza ni se plantea que una de estas crisis le pueda llegar a afectar: su vida entera es una crisis. Peor, imposible que le vayan las cosas. Lo que les decía: ¡un chollazo!

En ocasiones, he oído que una persona deprimida resulta un muermo, que siempre está triste y de mala ostia y que no habla con nadie. ¡Totalmente falso! ¿Han tenido alguna vez un jefe? Eso sí que es un muermo (de las suegras, ni hablamos). Además, ¿que parecemos siempre tristes? No, señores: ¡purita envidia! Lo que sucede es que somos seres previsores: ¿de qué te sirve estar alegre y contento, si luego el jefe te pone triste y de mala ostia? ¡Que le jodan! Si les pones mala cara, igual se asusta y te deja en paz: ¡que le fastidie al feliciano de turno, que yo ya tengo bastante! Además, hablar no hablaremos mucho; pero: ¿han oído a las suegras? Para eso, mejor estar callado, ¿no les parece? Lo que yo les decía: ¡todo ventajas!

También he escuchado que los depresivos somos seres solitarios. ¡Vale! Entonces, ¿cómo podemos catalogar al programa de Pedro Ruiz: ‘La noche de los depres’? No me dirán que un tío que hace entrevistas como las suyas puede tener muchos amigos (bueno, al presentador de ‘Ratones Coloraos’, el del Risitas y compañía, mejor ni mentarlo). Además, francamente, ¿quién se puede tragar los Documentales de la 2 (sí, aquéllos en los que siempre aparecen los ‘nius’), si no seres depresivos y solitarios como nosotros? No le den más vueltas. Está muy claro: hágase ‘depre’ y contribuirá enormemente al desarrollo de nuestra sociedad. ¡No lo dude!

ESTOY 'ACOJONAÍTO'


'Acojonaíto' es lo que estoy

Lo confieso, señores: estoy acojonado. Lo jodido es que, cuando a uno le entra el acojono, el cuerpo te suele, sin comerlo ni beberlo, jugar muy malas pasadas. Una de las reacciones más habituales cuando uno tiene miedo es la de sudar. ¡Es increíble! Imagínenselo: invierno, -10º y a ti, que te empieza a correr la sudor por todo el cuerpo, que parece que bajo la chamarra llevases un lote de calefactores robados en la tienda de al lado de tu casa. Y, claro, siempre está el graciosillo de turno que te suelta una de sus geniales frases: ‘¿Qué?¿De ver una película porno venimos, verdad?’ ¡No te jode! Ya te gustaría a ti eso, que ni en Reyes te comes una rosca; ¡imbécil!

Otra forma típica de reacción ante el miedo suele ser el parálisis. Sí, estás dando un tranquilo paseo por un lugar que no conoces y, de pronto, un individuo al que no esperas te amenaza, puñal en mano: ‘Dame la pasta; si no, te rajo’. Y, ¿qué haces tú? ¿Huir? Pues, no. Te entra tal cangelo en el cuerpo, que no sabes cómo reaccionar; y lo único que haces es quedarte allí, quieto como una momia, que hasta el ladrón te suelta una buena: ‘Qué fácil que me lo ponéis todos, que ya ni corréis.¡Cojonudo!’ La verdad es que nos tenían que otorgar un premio: el de la estupidez absoluta. Tú, que siempre presumes ante tus amigos de lo machito que eres, y te quedas allí, sin saber qué hacer, totalmente paralizado, que ya sólo te faltaba cagarte por los pantalones. Tranquilos, que todo buen ladrón que se precie lleva un rollo de papel en la mano, por si las moscas.

Lo que me gusta a mí es cuando te encuentras en una discoteca, por ejemplo, y ves a una tía impresionante, estilo Claudia Schiffer o Tamara (bueno, creo que aquí me he pasado unos cuantos pueblos). El caso es que tú la ves, te quedas totalmente prendado de ella y, en un acto de valentía ante tus colegas, te envalentonas y acercas hacia ella. Te colocas en frente de ella y, entonces, en el instante en que la ibas a invitar a un traguito, se te cierra la boca, la lengua no puede salir de la cueva en que tu boca se ha convertido y comienzas a sudar como un cerdo. Te pones totalmente pálido y no eres capaz de articular palabra. Ella lo advierte y, claro está, hurga en la herida: te mira, que no te saca de encima la vista, observa a tus colegas y, con una sonrisa que se extiende de oreja a oreja, te la suelta en toda tu jeta: ‘Quítate de mi vista, que das pena; ¡gilipollas!’ Tú, con gesto serio y contrariado, aceptas tu derrota; pero, ahí viene lo peor: tienes que regresar junto a tus colegas. Ellos, evidentemente, no sienten ningún tipo de compasión por tu persona; es más, te restriegan tu fracaso, sin piedad, por todos tus morros: ‘¡Vaya Don Juan que estás hecho!. Con actuaciones como las de esta noche, no ganarás ni para gatillazos; ¡ole tus huevos!” Bueno, mis huevos, no sé; pero, como caigan los vuestros entre mis manos, ¡joder que os vais a enterar!

Otra buena es ésta: a mucha gente, cuando siente miedo, le entra tal acongojo en el cuerpo, que sólo piensa en regresar a su casa. Tú te encuentras con tu pareja, sentado en un banco, a la sombra de unos pinares, en posición amorosa (arrumacos, besitos y lo que le sigue); pero, no. Ahí tampoco vas a poder disfrutar. Estás tan tranquilo y, de pronto, ¡zas!, te invade un nerviosismo tal que te acojonas y huyes despavorido a tu casa, sin percatarte de que tu pareja se queda en el banco, compungida, sin saber qué pensar: ‘Pero, si no beso tan mal’. ¡Claro que no besas mal! ¡Lo haces de puta madre! Lo que pasa es que tu novio es tan estúpido que, después de haber esperado este momento durante toda su vida, reacciona de la mejor manera posible: huyendo como un despavorido. ¡Ojalá salga un fantasma de debajo de tu cama y te pegue un susto de muerte! Ya saben: ante esa clase de situaciones, ¡ni miedo ni pollas, que ocasiones así sólo se presentan una vez en la vida!

TÉCNICAS PARA REPASAR UN EXAMEN


Técnicas para repasar un examen


¿Hay algún profesor en la sala? Uno de los hechos curiosos de serlo es ver cómo los chavales se preparan para un examen. Una de las frases típicas de los alumnos es ésta: “¿Por qué no nos dejas tu clase para preparar el examen que tenemos a la siguiente hora? Y vas tú, como gilipollas, y les dejas (para ser sincero, la cuestión radica en que no tienes ni putas ganas de trabajar y ésa es una buena excusa para tocarte los cojones).

Los alumnos tienen formas curiosas de preparar los exámenes: unos miran al techo, esperan que la luz divina ilumine sus rostros y les diga: “éstas son las preguntas del examen” (bueno, lo mejor sería que Dios bajase de los cielos y pronunciara esa ya célebre frase: ‘¡Ésta es la pregunta!’). El problema es que el techo suele ser de color blanco y lo único que pueden llegar a ver es su mugre –la del techo -, o la caída de las goteras encima de tu cabeza (y si no tienes pelo con el que protegerte, ésa puede convertirse en una auténtica putada).

Otros alumnos comentan entre ellos qué preguntas pueden caer en el examen. Sinceramente, puedes llegar a quedarte acojonado cuando las escuchas: ‘¿cuándo te tirarás a la vecina de enfrente?’; ‘¿nos cargamos ya a ese profesor de mierda?’ (espero que no se refieran a mí, claro); ‘¿ayuda la vaselina a regular el nivel de colesterol?’ (me lo explique). Lo más curioso de todo es que el examen que preparen sea el de Historia y no creo que ninguna de las preguntas de dicho examen verse sobre los valores curativos de la vaselina (¡si no, esto ya sería la re-ostia!).

En honor a la verdad, algunos chavales preparan el examen. El problema es que se cansan con demasiada rapidez. Ojean los apuntes durante dos segundos y, acto seguido, les oyes decir eso de: “¡Ya me lo sé!” - ¡Cómo me toca las pelotas oír eso! Yo, que todavía con treinta y tantos tacos, no sé hacer la cuenta de Paco (‘¿se acuerdan?’; ¡ni siquiera he llegado a conocer al Paquito de los cojones!); y, ellos, que en esos dos segundos son capaces de memorizar todas las lecciones que se imparten en una evaluación. Si en mi época hubiesen existido los Petit- Suis ... ¡Sí, seguro!

¿Cuál es la conclusión que podemos obtener de todo esto? Muy fácil: que así les luce el pelo a nuestros alumnos. Y, según sus calificaciones, bien podríamos hacer una tabla en la que figuraran los prototipos de alumnos existentes en las aulas: los habría malos (aquéllos que preparan toda una evaluación en dos segundos); horribles (los que esperan que Michael Landon, el de ‘La casa de la pradera’, baje del cielo como un ángel con una hoja en la que aparezcan las preguntas del examen); pésimos, los mejores de todos (aquéllos que creen a pies juntillas en los poderes curativos de la vaselina). Y, a la cabeza de todos ellos, estaría el bajo cero, el ‘minus’ infinito, aquél que en una vida anterior fue alumno y, en la actualidad, ejerce de otra cosa. ¿Se imaginan de quién hablo? ¡Yo, también!

DE QUEMASUELAS Y CULIFIJOS



‘De quemasuelas y culifijos’

¿Por qué sale la gente a la calle? Ni puta idea, la verdad; con lo bien que se está en casa... Después de salir a la calle en multitud de ocasiones y de analizar con rigor a sus paseantes, me he percatado de que existen dos clases bien diferenciadas. ¿Cuáles? No sean impacientes, que ahora se lo cuento.

Por un lado, están los ‘quemasuelas’. ¿Quiénes pertenecen a esa clase? Aquéllos que, como yo, salimos a la calle y nos dedicamos a caminar y caminar, sin rumbo fijo, como si fuéramos Martín Fiz o Abel Antón en una maratón. Estas personas están, por lo general, poco acostumbradas a hacer deporte y convierten sus cotidianas salidas en improvisadas sesiones deportivas, a ver si cuela. Nosotros realizamos normalmente el mismo tipo de recorrido, no sea que nos lo cambien y nos agotemos; asimismo, nos gusta pasar cerca de aquéllos que están sentados en los parques o en frente de las tabernas para restregarles en la misma jeta que son unos vagos y que nosotros sí que estamos en forma, que cuando llegamos a casa no nos llegan quince baldes de agua templada con sal para refrescar nuestros pies. Sin embargo, hay una variedad de quemasuelas (los desleales, la lacra de nuestra estirpe) que son los que tras haber caminado por espacio de unos quince minutos se sientan en los barcos o en las terrazas de los bares y no levantan el culo del asiento hasta emprender el camino de vuelta a casa. Lo curioso es que presumen de sus caminatas –“nosotros sí que andamos”; será para ir al bar que, si no, como que no lo entiendo-.

En el otro lado de la balanza se encuentran los ‘culifijos’, los que salen a la calle para ocupar su asiento en un banco del parque o en la terracita de un bareto y ya no se levantan de él hasta que tienen que regresar a casa (y porque no les queda más remedio, que si por ellos fuera se llevarían a su casa, pegado al trasero, su asiento). No sé cómo lo hacen, pero los ‘culifijos’, si se fijan ustedes, tienen la capacidad de ocupar todos los días el mismo lugar, que parece que estuviera vedado a las demás personas. Además, a esta especie le corresponde la curiosa habilidad de permanecer en la misma posición durante horas y horas, sin casi parpadear, que yo pienso que deben tener el culo pegado con silicona a los bancos, pues si no es así, que me lo expliquen que no lo acabo de comprender. Y, ¿se han fijado en los ‘culifijos’ que se sientan en las terrazas de los bares? Es increíble. Éstos son capaces de permanecer en la silla, horas y horas, con el mismo trago en la mano (¡la madre que los parió, que sí que resultan rentables clientes así!).

¿Cómo creen que resulta la convivencia entre estas dos especies? Pues, francamente, existen muchos roces entre ellos. Si, por ejemplo, un ‘quemasuelas’ pasa al lado de un ‘culifijo’ que conoce, surge entre ellos este tipo de conversación:

- ¡Tío! ¿Quieres que te regale una suelas nuevas, para que no te quemes los pies y eso?
- No me hace falta, hombre. Con que me digas la marca de silicona que empleas para mantener el trasero pegado al asiento durante tanto tiempo, me vale.

Si este ‘culifijo’ es de aquéllos a los que se ve habitualmente en las terracitas de los bares, las conversaciones suelen ser de este pelo:

- ¡Coño, Manolillo! ¿Quieres que te invite a una agüita, hombre? Que como sigas así me va a entrar a mí el cansancio, hombre.
- No te preocupes, tío. Tú sigue practicando el levantamiento de vidrio, que al paso que vas ganas las próximas olimpiadas.

No se preocupen que, aunque parezca difícil de creer, nunca llegan a las manos; aunque al paso que va la burra, todo llegará.

Bueno, ya lo saben: si se sienten identificado con alguna de las clases que he mencionado, no se preocupen y disfrútenlo con salud. Bichos raros no es que sean, mas no se extrañen si algún día aparecen en un episodio del NATIONAL GEOGRAPHIC, así titulado: “Especies de la fauna urbana: los‘quemasuelas’ y ‘culifijos’”.

martes, 8 de diciembre de 2009

EL SEXO Y LA CARRETERA

El sexo y la carretera


¿Se han preguntado Vds. en alguna ocasión cuáles son los motivos reales por los que se producen tantos accidentes de circulación en nuestras carreteras? El alcohol, las drogas... son factores de alto riesgo, que pueden llegar a desencadenar accidentes mortales; pero, ¿no han pensado que existan otras causas por las que llegan a ocurrir tales desgracias, y que ellos nos ocultan (‘Expediente X’)? ¡Ah! Pues, yo sí. Y, creo que he dado con una de ellos. ¿Cuál es? El sexo, por supuesto (‘vosotros también lo sabíais, ¡jodidos!’; pero, bien calladito que os lo teníais’). Yo, como modestamente soy un auténtico entendido en la materia -‘así me luce el pelo, claro’-, y podría estar días, semanas, meses, años... (bueno, ya será menos) hablando sobre ello, os voy a contar una sola de las muchas razones por las que el sexo puede incidir negativamente en nuestra manera de conducir. Veamos, veamos.

¿Quién, al realizar un viaje, no se ha perdido y ha tenido que preguntar por dónde se va a tal o cual sitio? Y, aquí viene el problema; porque si no, vean lo que te responden a preguntas como ésta: “Disculpe; creo que me he perdido”. Antes de proseguir con el tema en cuestión, es importante que nos demos cuenta de este extremo: nunca reconocemos que nos hemos perdido; ‘¡es que..., como siempre están en obras por esta puta carretera!’; ‘¡claro; te estás pintando los labios y me deslumbras!’; ‘¿no ves, mujer? Si no fuera porque tu hijo no para de molestarme...’. Es que, es lógico y comprensible: la culpa siempre la tienen los otros. Si no, díganselo a Amenábar, el director de cine, que menudo susto se llevó la Nicole Kidman en la película del mismo nombre. ¡Joder!: si estuvo a punto de dejar el cine y todo. ¡Manda narices, hombre! ¡Manda narices!

Volvamos al meollo de la cuestión. Nos hemos perdido (no lo reconocemos, pero es así). Y, entonces, le preguntamos a ese buen samaritano que encontramos en la carretera:

- “Por favor, ¿cómo podría ir -fíjense que en ningún momento admitimos que no sabemos dónde estamos- a Villaconejos (que con ese nombre me extraña que nos perdamos)?”
Y claro está, ¡aquí la hemos jodido! Porque ese buen hombre (‘sí, muy bueno; ¿no te jode?), ese buen hombre responde lo siguiente:

- “Sí, cómo no; es muy fácil (para ti que lo sabes sí, ¡mamonazo!; que mira que para mí..., y con ese nombre...)’. Y aquí viene el problema: tiene que salir de este pueblo y volver a la general. ¿Ve esa salida (tú te preguntas con asombro: ¿dónde?) Pues, ésa no es (¡qué pena!, con lo buena que está). Siga recto y a unos dos kilómetros (que al final son diez, ¡que te lo digo yo!) encontrará a mano izquierda (con tal que esté a mano, a mí me da igual) otra salida (¿otra más? ¡Es mi día de suerte!). Coja esa salida y volverá a la general. Luego, una vez puesto allí (ya estamos con las drogas; ¡abuelo: que no se puede estar todo el día fumado!), a unos cinco kilómetros (¡ja, ja!), hay una salida (y ya van tres) que marca ‘Villaconejos’. Sígala (¡no se preocupe, que lo haré encantado!) y ya no se perderá”.

Y tú, como te has quedado totalmente ‘a-no-na-da-do’ (vaya palabrita), sólo eres capaz de responderle eso de: “Gracias, hombre; gracias, que me ha alegrado el día (porque no ve la cara de la parienta; que si no...)”. Ahora entiendo yo porque se dice eso de que viajar es un placer; y, si vas solo..., muchísimo mejor, ¡no te fastidia!

Analicemos, por si alguien se ha quedado con dudas, lo que el buen hombre nos ha dicho. Vean, que éste alude a tres ‘salidas’. Y es que, ¡manda huevos, hombre! Tú, que ibas tan tranquilo (si exceptuamos a la mujer, los hijos, el equipaje, el calor...; y para de contar) por esa carretera (‘¡que conste que no me he perdido, joder!’); y, de repente, sin comerlo ni beberlo, tienes que coger tres salidas (y yo, que me gasto la mitad de mi sueldo en películas porno) para volver a la general (si es que el agotamiento no ha hecho mella en tu cuerpo; ¡que tres son muchas para ti...!, ¡que no estás habituado a tanto trajín, coño! –nunca mejor dicho). Y he aquí la moraleja: para regresar a la general (‘al camino recto al que nos conduce el Señor’, como diría ese sacerdote en la infumable homilía de los domingos; las de los otros días son igual de infumables, no vayan a pensar lo contrario) hay que escoger (a) la salida adecuada (“¡pequen hermanos, pequen!; ¡que la vida es corta! – a parte de la vida, otras cosas pueden llegar a ser... ‘cor-tas’). ¡Quién me lo iba a decir a estas alturas de mi vida! ¡Cómo no me habíais avisado antes, so cabrones! Cómo no me habíais avisado antes...

En resumen, la carretera muestra muchos peligros ante los que no debemos caer: el alcohol, las drogas, la velocidad en exceso, y el sexo. Sean prudentes y, cuando se pierdan, pregunten a la persona adecuada por la salida más conveniente. ‘Y, ¡no se exciten mucho, hermanos!; que llevar más de una cosa entre manos (el volante, hombre; ¿en qué estaban pensando?)..., puede afectar seriamente a la salud de la parienta que va a su lado, y a la de la suegra –aunque eso no nos preocupe tanto; ni lo primero, tampoco- que ocupa todo el asiento trasero (porque, ¿qué sería de un viaje sin la suegra? ¿Ya no sería lo mismo, cierto?). Como dice el señor que está dentro del surtidor de la gasolina –que deben ser muchos, según parece-: ‘Muchas gracias; buen viaje’.

martes, 17 de noviembre de 2009

Monologando


Toni naiz, Bengoetxeko irakaslea. Blog hau zuek egindako literatur-lanak (monologoak etab.) aurkezteko txokoa da. Anima zaitezte!!!