
Ventajas de ser un indeciso
Imagínense esta conversación entre un barman y el cliente que llega a su establecimiento a pedir un café:
- Un café.
- ¿Cortado o con leche?
- Descafeinado.
- ¿De sobre o cafetera?
- De sobre; no, de cafetera. ¡Espere! Bueno, no sé.
‘A ver, ¡aclárate de una vez, que tienes a todos los de la barra confusos y aturdidos!’. Sin embargo, el hombre no lo hace con mala intención como se podría pensar. No es que le tenga una manía especial al barman y le quiera confundir (como al Dinio, “la noche me confunde”). El caso es que no sabe qué pedir. Es un indeciso.
Soy un indeciso; bueno, no estoy seguro. ¿Ustedes también? No se preocupen, o sí. No es tan malo, creo. El caso es que ser indeciso ofrece muchas ventajas. ¿Que no? Imaginen que están con su parienta en plena acción y, de pronto, se produce esta conversación:
- ¿Qué? ¿A qué espera? (mirando a tu miembro) ¿Va o no va?
- Bueno, parece que... no sé.
- ¿Cómo que no sabes? Date prisa, que si no...
- Sí, sí; bueno, no sé.
Al final, lógicamente, la cosa no funciona. ¿De quién es la culpa? Del hombre es evidente que no, porque si él supiera no habría ningún problema; pero, como no sabe, la culpa ya no es suya. Está claro que ella es la responsable de que la cosa no funcione, que con tanto estrés uno no se puede concentrar. Además, ¿quién va a poder llegar a algo con su mujer cuando la vecina de enfrente está tan buena? ¿Cierto, no? Bueno, es que... no sé.
Con los padres también es una ventaja ser indeciso. A mí me pasa. Una de las conversaciones más habituales con mis padres es la siguiente:
- ¿Qué, hijo? ¿A qué esperas para independizarte?
- Bueno, padres. Mañana voy a acercarme a la inmobiliaria para comprar un piso. Asimismo, me matricularé en Psicopedagogía por la Universidad a Distancia, haré un cursillo de ‘Lenguaje de Signos’ y le diré a mi chavalita que deje de estudiar, que ya no hay quien le pague los estudios y que busque un trabajo limpiando casas, que no puede ser.
¿Cómo reaccionan mis padres ante esto? Está claro. Ellos piensan: ‘este hijo nuestro tiene tantas cosas en su cabecita... Será mejor que siga con nosotros un tiempo más, hasta que se aclare’. Y, así, lógicamente, hasta los cuarenta. No sé, no... Que sean cincuenta, mejor; ¿no creen?
Con los amigos ser indeciso ya es la leche. ¿No se lo imaginan?
- Esta noche, ¿qué? ¿Saldremos, no?
- Es que...
- ¡Es que qué!
- No sé. El caso es que...igual...
- ¿Que no tienes pelas? ¿Ése es el problema? No te preocupes, que yo invito.
- Bueno, si insistes... ¿no?
¿No es la ostia? De marcha, y ‘by the face’. Si ya les decía yo que esto de la indecisión conlleva grandes y apetecibles ventajas. Díganselo si no a los jugadores de fútbol que viven como quieren, cobran unos pedazo sueldos que ‘ni pa qué’ y, aun así, se permiten responder a las preguntas de los locutores con un lacónico ‘no sé, no’; que dan ganas de responderle: ‘¡joder!; si tú no sabes, con lo que cobras, ¿qué esperas que responda yo, cacho cabrón?’
¿Qué conclusión se puede extraer de todo esto? Que el indeciso no nace, se hace. Los indecisos usamos esta táctica para lograr nuestros objetivos. Como parece que nunca sabemos a qué atenernos, la gente nos trata con mayor mimo y cuidado, y perdona nuestros errores: ‘déjale al pobrecito, que es indeciso y bastante tiene con ello’. ¡Ay, inocentes! Que los que no os enteráis de la fiesta sois vosotros, gilipollas.
