
¡Que me hago pis!
¿A quién no le han entrado ganas de hacer pis por la noche? Ningún problema, ¿verdad? Pues, no. Echar una meadita puede resultar en ocasiones más difícil de lo que parece. ¡Terrible dilema! Estás tú tan a gustito (como el Ortega Cano, mira) en la cama, soñando no precisamente con los angelitos, cuando, de pronto, sin saber porqué se activa la señal de alarma: te estás meando. En ese momento, tu vida cambia por completo: dejas de ser el Bello Durmiente (bueno, casi) para convertirte en Indiana Jones, en busca del váter perdido. ¿Que no me creen? Analicémoslo.
Es de noche y, claro, ahí surge el primer inconveniente. No ves ni un pimiento; por lo tanto, no te queda más remedio que localizar el interruptor que activa la luz. ¿Creen que eso es fácil? Pues, no. Parece que el dichoso interruptor, que tienes perfectamente ubicado durante el día, cambiara de lugar por las noches. ¿No les ha ocurrido nunca? Tú sacas una mano de debajo de las mantas y empiezas a tantear la pared en busca del maldito aparatito. Sin embargo, da la sensación que el cabrón de él se ocultara y no quisiera que lo localizaras. Tanteas con la mano la pared, pero no hay forma: es imposible encontrarlo. Eso sí, todos aquellos objetos que en ese instante no buscas son hallados por tu mano: la mesilla de noche, el puñetero despertador, la caja de preservativos (¡joder!; si la llego a buscar, seguro que no la encuentro), y, como no podía ser menos, la jodida lámpara de noche; pero, el interruptor de las narices, no. Te cabreas y empiezas a tirar todo al suelo: la lámpara, los preservativos, el despertador, que empieza a sonar (¡yo que no quería hacer nada de ruido!). El caso es que ir al baño se convierte en una afrenta personal y te juras a ti mismo que, aunque haya alguien que te ponga la mano encima para que no levantes cabeza, tú, campeón, lo lograrás. ¡Ya, ya! Tú, campeón y todo lo que quieras, mas sólo has completado la primera fase; y, encima, sin alcanzar a topar el interruptor: la puesta en pie. Ahora debes emprender el trayecto en busca del tan ansiado W.C. ¡Y no es tan fácil!
Ya estás de pie. Otra gran incógnita se cierne sobre ti: ¿hacia dónde voy ahora? Sí, sí. Ahí estás tú, buscando las paredes de tu habitación para poder guiarte al baño. Sin embargo, éstas tampoco aparecen. Tratas de avanzar despacito y, de pronto: ‘¡Ay, qué ostia me acabo de dar en el pie contra la cama!’ Levantas el pie para notar si te has hecho sangre. Te quedas allí, en puntillas, sobre un solo pie; y, de pronto, como las desgracias no vienen solas, pierdes el equilibrio y te pegas una pedazo ostia contra el suelo (¡zas!), que despiertas a todos los de casa. Así, tu madre hace acto de presencia en tu habitación; te mira con una cara de mala leche que te pasas, sin importarle si te has roto una pierna o la cabeza, y te dice: “¡Hijo mío! ¿Por qué no enciendes la luz y dejas de molestar a todos los vecinos?’ Si eso es lo que quería hacer, joder; eso es lo que quería hacer.
Entonces, acompañado de esa vocecita que te dice ‘¡gilipollas!’, llegas al baño. Sin embargo, surge otro pequeñísimo problema: tu miembro viril, como arte de magia, se hace cada vez más grande (¡ahora, no te jode!), mientras el agujero del váter empequeñece hasta el punto de que ya no lo ves. La sacas y, claro, no sabes adónde apuntar. La mueves de un lado a otro, cual bombero que intenta apagar el fuego con su manguera, y cómo tenías tantas ganas de soltar líquidos, dejas el baño hecho un verdadero Cristo (bueno, el baño y a ti mismo, que siempre cae algo por encima, ¿verdad?). No les digo nada si lo que quieres es evacuar sólidos: te agachas con sumo cuidado, poco a poco; y, cuando menos te lo esperas, ¡ostiaaa..., ya me la he vuelto a pillar con la taza del váter! ¡Mierda!; un médico, que me desangro. Para la siguiente, me pongo DODOTTIS.
