miércoles, 9 de diciembre de 2009

ESAS REUNIONES FAMILIARES


Esas reuniones familiares


Las comidas familiares son una auténtico coñazo. Acabo de estar en una de ellas y ha sido horrible. Les cuento. Imagínense una enorme mesa, rodeado de veinticinco familiares tuyos. ¡Insufrible!. Lo primero son los saludos. Estás allí solo ante el peligro y te ves obligado a hacer caso a veinticuatro personas, con las que en su mayoría apenas te relacionas o, en ocasiones, ni conoces. Empiezas a repartir saludos y besos a diestro y siniestro, como si fueras el Papa. Lo más curioso es que todas las personas que forman parte de la mesa son familiares tuyos, pero como si no lo fueran. Muchas veces te da la sensación de que hasta te miran con desprecio (‘si te acercas mucho a mí, te voy a dar una ostia por muy primo mío que seas, tío’). Hay veces que hasta tengo miedo. ¿Se imaginan que esos veinticuatro se pusieran de acuerdo y empezaran a arrearme una somanta de ostias? Pues, a ver cómo me defendía de esos cabrones; ¡no te jode!

Si el requisito de los saludos es una mierda, una vez que te sientas a la mesa te percatas de que tu situación no ha mejorado. Claro, te toca sentarte al lado del más pesado de tus familiares, que te cuenta sus batallitas y se vanagloria de ello:

- No sé cómo se harán las cosas donde tú vives, primo; pero aquí sí que curramos. ¿Quieres que te cuente?

- Sí, hombre, ilústrame (como si me quedara otro remedio).

- Yo, primo, aquí donde me ves, me levanto a las siete de la mañana. Hago la cama, me acicalo, preparo mi desayuno y el de los niños, a los que levanto para que vayan al colegio. Acto seguido (‘¿aún hay más?’), me dirijo a la carpintería donde trabajo y curro doce horas seguidas sin parar (‘¡joder, Terminator’!), que mi jefe ya no sabe cómo hacer para besarme el culo. Después, regreso a mi hogar, hago toda la casa, preparo la cena para mi mujer e hijos y no me acuesto hasta dejarlo todo listo para mañana. ¿Qué te parece, primo?

Que qué me parece dirán ustedes. Pues, qué me va a parecer: un auténtico coñazo. ¡Y a mí qué cojones me importará lo que haga el Superman este! Me la trae auténticamente floja. Y lo jodido de todo es que no para de hablar durante toda la reunión para, al fin de cuentas, contar siempre la misma morralla. Entonces, es cuando yo pienso: ‘¡Qué he hecho yo, Dios mío, para merecer semejante castigo, por favor!’. Como era de suponer, los veintitrés restantes asienten con la cabeza a lo que dice aquél, mientras pasan de ti como de la mierda. ¡Verdaderamente cojonudo!

No obstante, todo principio tiene un final. Tras cuatro horas de auténtico sufrimiento, llega el momento de la despedida. Sin embargo, la situación empeora aún más, hasta llegar a límites insoportables. Y es que aquellos familiares que ni siquiera te han mirado a la cara durante la comida, te hablan ahora con total naturalidad y comienzan a contarte su vida y milagros sin ningún tipo de miramiento. Tú, entonces, piensas para tus adentros: ‘¿Vosotros decís que sois familia mía? Lo que sois es una panda de mal nacidos, que en vez de dejar que me marche me mortificáis hasta chuparme la última gota de sangre que me queda. Ni que fuerais Hacienda, la ostia’. El caso es que, dos horas después, logras liberarte de ellos y, cuando llegas a casa, estás tan desfigurado que hasta tu parienta te dice:

- Manolo, vamos a Urgencias que tú estás muy malo, hombre, que no puede ser.

Lo que me faltaba: no he tenido bastante con aguantar a los que afirman ser mi familia para que, acto seguido, vengan esos sicarios de la Seguridad Social y me rematen. ‘¡Id todos a tomar por culo, hombre!’

Bueno, mi consejo es el siguiente: si sus familiares les invitan a una de esas reuniones de los cojones, no vayan; y, si no les queda más remedio que hacerlo, cágense en todos sus muertos (los de ellos y los suyos que, para el caso, son todos parientes).