miércoles, 9 de diciembre de 2009

DE PROFESIÓN, GILIPOLLAS


De profesión, gilipollas

Lo confieso: soy docente. ¿Que no saben qué es un docente? La misma palabra lo dice: el término ‘docente’ proviene del latín DO – CENTE. ¿Lo entienden? Yo les explico, hombre: do es una abreviatura de ‘don’, o sea, persona importante, inteligente y de imponente porte (¿se me ve, verdad?); cente, en cambio, viene a ser una abreviatura de ‘Centella’ – sí; el que brilla, limpia y da esplendor-, esto es, persona a la que le dan brillo y cera por todas partes y que nunca se entera de nada. ¿Comprenden ahora qué es un docente? Sí, un gilipollas; así como suena (GI-LI-PO-LLAS).

¿Se han sentido alguna vez gilipollas? Seguro que sí. Yo lo soy y me siento orgulloso de ello. Acudo todos los días a un trabajo que no me gusta, me dan para el pelo (así me luce) sin parar y, además, me pagan por ello. ¡Cojonudo! Sólo me falta crear una O.N.G., que se llame ‘Gilipollas sin fronteras’. ¿Se lo imaginan? Además, nuestro lema podría ser éste: ‘Soy gilipollas allá donde quiera que voy, / soy gilipollas y me gusta un montón, / GILIPOLLAS SIN FRONTERAS es nuestra organización: / habría muchos más gilipollas con tu participación’. ¿Se apuntan?

¿El gili nace o se hace? La preguntita se las trae. Yo no nací docente; pero, para ser sincero, desde pequeño apuntaba ya maneras: me vestía como tal, sin ninguna gracia; hacía lo que me decían (al menos, te ahorras pensar; y, como el coste de las facturas es tan elevado); iba al lugar que me mandaban (para más joder, me tenía que desplazar a pie); no me enteraba de nada (con mi inteligencia, eso no es difícil de creer). Recuerdo que mi madre siempre me decía: “si todos fueran como tú, ¿a dónde iríamos a parar?” Está claro: a la O.N.G. ¡Ala: más gilipollas! (si ya no éramos bastantes...).

Ustedes deberían formularme ahora esta cuestión: ‘¿te arrepientes de ser gili?’ Bueno; serlo tiene sus ventajas: nadie te tiene en cuenta; todo el mundo pasa de ti; la gente te rehuye por la calle (así, al menos, te ahorras los tragos); no te gastas dinero en trapitos (¿para qué, si las tías pasan de uno?); y, lo mejor, te pagan por ello (‘¡dale a ése la mierda que no quiera hacer nadie!; total, es gilipollas). ¿Alguien se quiere unir al club?

Como habrán podido ver, nuestra vida no es tan mala: nacemos, hacen con nosotros lo que quieren y, cuando resultamos ya totalmente improductivos, se desprenden de nuestros cuerpos. Lo que pasa es que no quieren reconocer que somos útiles y necesarios para la sociedad; ¿que no? Si no fuera por nosotros, ¿quién se comería la basura que los demás no quieren? Además, la gente, cuando nos ve, se da cuenta de su alto grado de inteligencia. ¡Jo! Si hacemos un gran favor a la sociedad. Nos tenían que dar un plus por ello. No estaría mal: 300 euros más al mes, por cumplir con alto grado de eficacia su papel de gilipollas. ¡Ole! ¡vivan los gilis!