miércoles, 9 de diciembre de 2009

¡CONSÚLTEME DE NUEVO, DOCTOR!


¡Consúlteme de nuevo, doctor!

Como burro que soy, tengo por costumbre acudir al centro médico cuando me siento enfermo. Y es una auténtica burrada dirigirse a un centro de la Seguridad Social cuando padeces síntomas de una enfermedad. Ustedes se preguntarán porqué. ¡Sencillo!: un centro médico resulta el lugar adecuado para que un enfermo no alivie los síntomas que sentía antes de dirigirse allí; asimismo, ofrece la enorme ventaja de que, si consigues salir de allí con vida, lo haces doblemente enfermo: por el precio de una afección, obtienes otra –vamos, ‘traiga una enfermedad, que le obsequiaremos con otra de regalo’; como en el súper-.

Cuando uno se siente enfermo, posee la costumbre de llamar al centro médico para solicitar una cita. ¡Craso error, señores! ¿No se han fijado en que cada vez que llamas a un sitio de éstos la centralita está colapsada? Siempre está comunicando, que parece que todos enfermáramos a la misma hora. ¡También es casualidad, hombre! El caso es que tras tres horas colgado al teléfono, logras comunicar con ellos. Sin embargo, el problema no se ha solucionado. Al contrario, pues todavía se complica más. Resulta curioso, pero la hora que te asignan para acudir a tu médico de cabecera casi nunca coincide con aquélla a la que te atienden. ¿Que no? Y es que tú te cansas de esperar en la salita, con un dolor de cabeza que te pasas, mientras ves cómo tu médico manda pasar a infinidad de pacientes, sin mencionar tu nombre. Entonces, después de un largo período de espera –no sabes cuántas horas, que ya has perdido la cuenta-, te envalentonas y acercas cuidadosamente a tu doctor de cabecera, al que preguntas con voz tímida y temblorosa:

- Disculpe, doctor. Mi nombre es Ceferino Mataconejos (ahora se entiende el porqué de ese tono de voz). Tenía consulta a las diez de la mañana y ya son las doce y media. ¿A qué hora, si no es molestia, podría usted atenderme?

- No se preocupe, hombre –le dice el médico, con un pedazo morro que se lo pisa el cabrón-. Voy a mirar en mi libro. No, aquí no está ningún Mataconejos. Baje a centralita y pregunte que allí le resolverán el problema.

Entonces, te diriges desostiado y con mayor dolor de cabeza del que traías a la centralita. Lógicamente, allí también tienes que hacer cola para que te atiendan. Cuando logras tu objetivo, se suele entablar una curiosa charla con el de la centralita:

- Perdone. Me llamo Ceferino Mataconejos y tenía cita a las diez de la mañana con el doctor Cabezón, mas no aparezco en su lista. ¿Podrían mirar qué pasa?

- Sí, a ver. ¿Mataconejos? Sí. Disculpe, hombre. Ha debido de haber un error (¡qué raro, joder!). Su nombre aparece aquí, citado a las diez de la mañana, con el pediatra (‘¡pedazo capullos!’; a este paso, tendrá hasta conejitas). Espere, que ahora lo solucionamos.

Media hora después, regresas a la puerta que da acceso a la consulta del doctor. “Ya es la una y todavía no me han atendido”, piensas. Entonces, te percatas de otro detalle: los pacientes entramos y salimos de la consulta, como si de una atracción de feria llamada ‘La máquina del terror’ se tratase. Es verdad, que debemos mirarles con mala cara, pues apenas hemos cruzado la puerta de la consulta ya nos echan. Y, en ese corto mas intenso intervalo de tiempo, la conversación entre doctor y paciente suele ser de este pelo:

- Mataconejos, ¿verdad? Siéntese, rápido, que no tengo todo el día. ¿Qué es lo que le duele?

- Mire, doctor. La cabeza...

- Ya está (‘¿cómo que ya está?). Tómese una caja de Termalgin, tres veces al día, y problema resuelto. ¡El siguiente!

La madre que le parió: tres horas esperando para que, al final, ese doctorcillo de los cojones te recete un medicamento que puedes pedir en cualquier farmacia, sin necesidad de receta médica. Y, como las desgracias no vienen solas, te percatas de que debes volver a solicitar cita para el mismo médico, ya que ese dolor de cabeza está motivado porque tienes la vista cansada y no ves tres en un burro. ‘¡Cago en la puta!’ Doble dolor de cabeza.