
¡Ládrame de nuevo, Sam!
¿Sabemos hablar? La preguntita se las trae. A veces, me da la impresión de que más que hablar lo que hacemos es ladrar. ¿Que no? Hay ocasiones en las que empleamos expresiones que no son malintencionadas, pero que, analizadas en profundidad, pueden hacernos caer en la cuenta de lo perversa que puede resultar la persona con la que tratamos. Ya lo dice el refrán: ‘Mira cómo habla y te diré de qué pie cojea’. ¿Esto no aparece en el refranero? Es igual; no importa. Si no, se percatarán de que estoy en lo cierto.
¿Han estado alguna vez en una iglesia? ¿Que sólo van en el caso de que haya una BBCE, esto es, boda, bautizo, comunión o entierro? ¡No se preocupen! A mí me pasa igual; es que allí se habla de temas tan interesantes... Y, claro está, resulta más productivo y gratificante para nuestro espíritu escuchar esas charlas sentado en esos cómodos asientos, que no le duele a uno el culo ni nada cuando se levanta, que estar de pie durante unos cuarenta y cinco cortos (¿eh?) minutos. Sin embargo, siempre hay alguna persona que, mientras permaneces en un estado tal de embelesamiento producido por esas interesantes retahílas, te viene a despertar de ese sueño con una frase como ésta: “Por favor, ¿sería tan amable usted de correrse a un lado para que pueda sentarme?” ¡Hay que joderse! Yo, que pensé que aquí dentro me hallaría libre de todo pecado, y resulta que una buena viejecita de en torno a los ochenta años de edad me pide que, en medio de la celebración eclesiástica, me corra a un lado para hacerle sitio. Y esto no es todo porque, ¿cómo les digo yo a las otras personas que están conmigo que deben de correrse sobre el asiento para hacerle sitio a esa viejecita? Yo, que había acudido a la iglesia para limpiar mi alma, y resulta que voy a salir de allí con el alma más sucia y, además, con un par de hostias (no de las sagradas) bajo el brazo. ¡Esto no puede ser, hombre!
Como ya les había mencionado al inicio de mi alocución, nos expresamos por medio de ladridos, que no hablando. Si no, imagínense esta otra situación: estás en una clase, escuchando al típico profesor de turno soltar por su boquita las mismas sandeces de todos los días, cuando a Pepito, el listillo de clase -¡odio al puñetero Pepito!- le surge una duda: ‘Tengo una duda, profe’. Entonces, ni corto ni perezoso, aquél le contesta lo siguiente: “espera, Pepito, que ahora mismo acabo con Rodolfo y voy contigo”. ¡Coño!, ¿será psicópata el cabrón del profesor? ¿No venía a dar clase? Además, si tiene que acabar con alguien que sea antes con Pepito, que es un peñazo de tío, y no con Rodolfo, que me chiva las respuestas de los exámenes. ¿Tengo razón, señores?
Sirva esto, a modo de ejemplo, para que se piensen muy bien lo que van a decir antes de hacerlo, que luego ya no tiene remedio. ¡Dejemos los ladridos para los perros! Hablemos y, si es necesario, hagámoslo de sexo (‘¡ole!’), pero hablemos; que soltamos unas..., que vamos a convertirnos en las próximas estrellas del Waku – Waku (pobres animales; que, ¿a qué se van a dedicar si también les quitamos el pan?). Por favor, háganme caso y, cada vez que vayan a hablar con alguien, piensen de antemano lo que le van a soltar; que, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”. Bueno, que si seguimos por estos derroteros, al pez lo van a matar antes de que abra la boca. ¿No me creen?
