
Esas llamaditas de teléfono
¿Para qué sirven los teléfonos? ¿Para que nos comuniquemos entre nosotros? ¡Mentira! Los teléfonos son un puro engaño. Yo he descubierto su verdadera utilidad: crear seres con estrés. ¿Que no? Imagínense esta situación: tú estás tranquilamente sentado en el sofá de tu casa, viendo cómo tu equipo de fútbol está empatando en casa del eterno rival. Quedan treinta segundos para que acabe el partido y nos pitan un penalti a favor. Te alegras y empiezas a rezar en todos los idiomas para que el delantero transforme la pena máxima y tu equipo logre vencer. El jugador se dispone a colocar el balón en el césped cuando, de pronto, el puto teléfono empieza a sonar: RING – RING- RING. Tú, que te pones nervioso, no sabes qué hacer: ¿ahora qué?, piensas. ¿Contesto al teléfono y pierdo de ver la jugada, o paso de la llamada? Pero, ¿si es importante? ¡Qué dilema, señores! El penalti que no se lanza y el teléfono, que no para de sonar. Te acercas a la puerta de la salita, la pena máxima que no se tira, el teléfono que sigue sonando... Entonces, te abalanzas por el pasillo y coges el teléfono. Preguntas quién es mientras estiras del cable hasta poder llegar a la puerta de la salita y... ¡mierda! Ha sido gol y no lo he visto. Y, por encima, resulta que se habían equivocado de número y colgaron el teléfono. ¡Su puta madre! Yo, que esperaba que la tarde fuera tranquila, y ya me la han vuelto a fastidiar. ¡Jo, qué mala suerte!
Esto no es lo peor. ¿Qué pasa cuando estás esperando una llamada de trabajo? Tú, todo el día allí, pendiente del teléfono, que cada vez que suena es como si te diera un vuelco al corazón. A ti, al que nunca llama nadie, y que, sin comerlo ni beberlo, comienzas a recibir llamadas totalmente intrascendentes: tu madre, que quiere saber si ya te has preparado la cena (‘Hijo mío, desde que vives solo estás más delgado; ¡que no me comes nadita!’); tu mejor y único amigo, al que se le ha parado el coche y te llama para ver si le prestas el tuyo (‘¡Y una mierda: antes la muerte!’); tu novia, que va a su puñetera onda, como siempre ‘(¡Ay, cariño! desde que vives solo ya no te preocupas de mí; que va a ser que ya no me quieres’). ¡Ostia! Ya sólo falta que José María García venga a mi casa y, cada vez que reciba una de esas inoportunas llamadas, diga eso de: ¡Uy, casi! Ante este tipo de situaciones, tu reacción es siempre la misma: te pillas un pedazo cabreo.. Un nerviosismo tal se apodera de todo tu cuerpo que, en un arrebato de furia, decides desconectar el teléfono: ‘¡Que se jodan! ¡Ahora no me molesta ni Dios!’ Cinco minutos después, te arrepientes de esa decisión y vuelves a conectar a toda prisa la línea de teléfono. De repente, observas que tienes una llamada perdida en el contestador: era la llamada de trabajo que tanto esperabas. Desesperado y aterrado, te dispones a escuchar el mensaje: ‘Le llamamos de la Empresa Claraboya, S.A. Queríamos comunicarle que, en principio, usted iba a ser el elegido para trabajar en nuestra empresa; pero, como quiera que nadie responde, ahora va a ser como que no. Lo sentimos’. ¡La madre que me parió! Una semana pendiente del dichoso teléfono para que, justo cuando lo desconecto, me llamen y no conteste. ¡Me cago en tó!
¿Y, si la llamada es la de la suegra? Ahí estás tú, en casa, con tu parienta; ella espera que su madre la llame para ir a recogerla al aeropuerto. Tus suegros vienen a pasar unos días a tu casa. ¡Qué horror! Mientras tu mujer se encuentra en la cocina, ahí estás tú, solo ante el peligro, tratando de cortar la línea de teléfono. ¡No vaya a ser que ella se entere, por Dios! ¿Y dicen que el teléfono es útil y necesario? ¡Es estresante! Tenían que prohibir terminantemente su uso. ¿Que no ven que como el tabaco resulta perjudicial para su salud? Ya saben. Sigan mi ejemplo y desháganse de él. El que quiera localizarle, que haga ejercicio y le busque. Su corazón se lo agradecerá.
