
El vendedor de móviles
¿Alguno de ustedes no tiene todavía móvil? ¡Mire que son raritos! Tengan en cuenta que hasta mi sobrino de cinco añitos lo usa. ¡Y tiene infrarrojos y todo! (el móvil, se sobrentiende). Bueno, el caso es que el uso del teléfono móvil se ha tornado en un ejercicio cotidiano para las épocas que hoy en día corren. Sin embargo, ¿hay alguien que se haya percatado de las curiosas combinaciones que pueden surgir si atendemos sólo a los tres primeros números de un móvil? ¿Qué no? Les voy a señalar sólo una de ellas para que comprueben que no voy desencaminado. Si no, vean.
Lo confieso. Poseo un móvil. No lo uso, pero luce bonito en el currículo: ‘carnet de conducir no tengo; en cambio, móvil, sí’. Sin embargo, esto no es lo mejor. Lo que más me sorprende de todo es contemplar sus tres primeros números. Ahora entiendo porqué no me llaman al teléfono cuando lo tengo encendido. ¿Con esos numeritos? Y Vds. se preguntarán: ¿a qué narices se refiere este tío? No sean impacientes que ahora se lo cuento.
Las tres primeras cifras de mi móvil son las siguientes: 666. ¿No les dice nada este número? A mí me pasaba lo mismo, hasta que uno de los colegas a los que les di mi número me soltó lo siguiente: “¡Fuera de aquí, Satanás!”. Y, mientras pronunciaba esta frase, cruzaba los dedos como si hiciera la señal de la Cruz. ¡Manda huevos!: mis padres me estuvieron comiendo el tarro durante todo un año, que se dice fácil, para que me comprara el móvil y, al final, resulta que me llevo el número de Lucifer. ¡Ya pensé yo siempre que a mis padres les envolvía un cierto halo maléfico!; pero, ¿que fuera para tanto? Sin embargo, modestamente creo que la culpa no la tuvieron mis padres: ¡el culpable fue el vendedor! ¿Cómo lo sé? Evidente, querido Watson; el vendedor, al verme entrar en la tienda, debió de pensar: ‘parece que este tío tiene pelas; por consiguiente, le voy a tratar de vender el teléfono más caro de la tienda’. Sin embargo, la realidad resultó bien distinta: le compré un móvil (no me quedó más remedio; si no, mis padres me desheredan); el más barato, por supuesto. Por ello, como venganza, el avispado vendedor obró con premeditación y alevosía y me otorgó ese número maligno para que no me olvidara de él en lo que restase de mi existencia. ¡Y, por Dios, que no le olvido!
¿Cuál es la moraleja de todo esto? Fácil: “cuando vayas a comprar un móvil mira con qué presupuesto cuentas y a qué vendedor te enfrentas”. ¿Que no? Lo que yo les diga. Como no seas un poco listo..., ¡ZAS! Te colocan uno de esos números con el que te condenan de por vida. Piensen que a mí ya no me conocen por mi nombre. Yo soy el del 666. Llevo el estigma del malvado y jamás podré desprenderme de él. Aunque pasen los años, haya estado en posesión de más de veinte móviles diferentes y mi número actual comience por otras tres cifras distintas, siempre habrá alguien que me recuerde mi antigua condición: “a mí no me engañas, que eres el del 666”. Por cierto, ¿a quién le habrá caído el que empieza por 669? ¿A usted? ¡Qué jodido!
