Un caluroso día de verano, mi padre se acercó a mí y me preguntó: "¿Qué estás haciendo hijo mío?" Mi respuesta fue la siguiente: 'Intento escribir". Él se marchó de la habitación muy enfadado echando pestes por la boca y arrepintiéndose del día en que decidió tener un hijo.
Todas las historias tienen un comienzo. Ése fue el mío. Si algo he aprendido con el tiempo es que, desgraciadamente, no me ha sido otorgado el don de la escritura. Aun así, escribir es un acto terapéutico que me redime de mis pecados y mediante el cual, en ocasiones, me siento hasta persona.
Si os gusta escribir y no os importa lo que digan los demás, éste puede resultar el lugar adecuado para transformar vuestras pesadillas y angustias en reductos de paz y alegría. ¿Por qué no os animáis a participar en este blog? Sólo así conseguiréis que mi vida resulte algo menos frustrante y gris de lo que es ahora.
¡Escribid, por favor! ¡No me falléis porque en vosotros confío!