
Charlas de ascensor
Me encantan esas apasionantes charlas que uno llega a mantener con alguien que no conoce, por ejemplo, en el ascensor. Resulta fascinante. Pulsas la dichosa teclita para llamar al ascensor (sería mejor hacerlo a gritos: ‘Baja de una puta vez, cabrón’) y, de pronto, al abrirse la puerta te encuentras con una persona que va en el ascensor y que se dirige a la novena planta. Tú estás en la segunda y te encaminas hacia la décima. Le miras, te mira; rehuyes su mirada, él hace lo propio con la tuya. Entonces, se entabla entre los dos una interesante conversación:
- ÉL: ¿Hace calor hoy, verdad?
- TÚ: Sí, parece que viene otro día de calor.
Permítanme, llegados a este punto, hacer un primer inciso. Uno de los temas empleados habitualmente para dirigirnos a un desconocido es el del tiempo: ‘hace frío’; ‘llueve mucho’; etc. Con la cantidad de temas interesantes de los que podríamos hablar en nuestra primera cita (la inflación; la crisis de Irak; ¿volverá Marujita con Dinio?); pero no: tenemos que departir sobre la climatología. Es estúpido. Esto es como si yo me encontrara en el ascensor a la mismísima Naomi Campbell y la preguntara sobre el tiempo. Entonces, ella pensaría eso de: ‘¡Qué estúpido es este tío! Con las ganas que tengo de tirármelo, y va y me pregunta sobre el tiempo. ¡Qué mala suerte tengo con los hombres, joder! ¡Qué mala suerte!’
Claro; y, ¿si no es del tiempo, de qué vamos a hablar? Pues, le preguntamos la hora. Así, surge otra de esas gloriosas charlas de ascensor:
- ÉL: Perdona, ¿me podría decir qué hora es?
- TÚ: Lo siento, pero no tengo reloj.
¡Qué putada, hombre! Inciso: ¿se han percatado de que, en muchas ocasiones, aquél que pregunta la hora lleva un reloj en la mano? Hombre, de Dios. Entre todos los seres humanos que habitan este planeta, me tenías que tocar tú, GI – LI – PO – LLAS. No sé qué deben tener los ascensores, pero parece que a todo el mundo, cuando entra en ellos, le cambia la hora o se les para el reloj. La verdad es que, al toparme con uno de estos sujetos en el ascensor, me entran las ganas de responderle en estos términos: ‘¿Que qué hora es? Gira la muñeca para que pueda mirar tu reloj y decirte qué hora es, tonto del culo’.
¡Cómo no! Si los que coinciden en el ascensor son dos intelectuales, la conversación gana muchos enteros:
- ÉSE: ¿Con que va al noveno piso, verdad?
- AQUÉL: Sí, al noveno.
Inciso: estos tíos son realmente unos zopencos. ¿Crees que la otra persona no se ha percatado de que tú has observado en el panel el piso al que se dirigía, hecho lo cual has formulado tan interesante pregunta? ¡Tonto, coño! Ya sólo faltaba que le respondiera en estos términos: ‘¡Impresionante! Pero, ¿cómo lo ha sabido? Explíquemelo, por favor, que no salgo de mi asombro.’
Lo que a mí me remata es cuando el que entra en el ascensor padece de claustrofobia. ¡Qué pedazo conversación se produce, entonces, entre los dos!. Vean:
- ÉL: Disculpe; ¿no le dan miedo los ascensores? Es que tengo claustrofobia y lo paso francamente mal cuando me subo en ellos.
- TÚ: No se preocupe, que pronto llegamos. Los ascensores son muy seguros.
Último inciso: tanta educación me mata. Lo que había que contestarle a estas personas era esto: ‘Si tienes miedo, tío, no montes y déjame en paz; que tú también, estás en el segundo piso y coges el ascensor para subir al tercero; ¡vago de los cojones!’.
Háganme caso y sean prudentes: lleven pensado el tema del que van a tratar antes de poner pie en un ascensor. Tengan en cuenta que, generalmente, la(s) persona(s) con las que toparán en él serán auténticos desconocidos para ustedes. Por ello, es importante que sepan de antemano lo que van a decir. Se lo digo por su bien, para que no queden como auténticos estúpidos. Bueno, bien es cierto que, en muchos casos, eso no es nada complicado.
