
'Acojonaíto' es lo que estoy
Lo confieso, señores: estoy acojonado. Lo jodido es que, cuando a uno le entra el acojono, el cuerpo te suele, sin comerlo ni beberlo, jugar muy malas pasadas. Una de las reacciones más habituales cuando uno tiene miedo es la de sudar. ¡Es increíble! Imagínenselo: invierno, -10º y a ti, que te empieza a correr la sudor por todo el cuerpo, que parece que bajo la chamarra llevases un lote de calefactores robados en la tienda de al lado de tu casa. Y, claro, siempre está el graciosillo de turno que te suelta una de sus geniales frases: ‘¿Qué?¿De ver una película porno venimos, verdad?’ ¡No te jode! Ya te gustaría a ti eso, que ni en Reyes te comes una rosca; ¡imbécil!
Otra forma típica de reacción ante el miedo suele ser el parálisis. Sí, estás dando un tranquilo paseo por un lugar que no conoces y, de pronto, un individuo al que no esperas te amenaza, puñal en mano: ‘Dame la pasta; si no, te rajo’. Y, ¿qué haces tú? ¿Huir? Pues, no. Te entra tal cangelo en el cuerpo, que no sabes cómo reaccionar; y lo único que haces es quedarte allí, quieto como una momia, que hasta el ladrón te suelta una buena: ‘Qué fácil que me lo ponéis todos, que ya ni corréis.¡Cojonudo!’ La verdad es que nos tenían que otorgar un premio: el de la estupidez absoluta. Tú, que siempre presumes ante tus amigos de lo machito que eres, y te quedas allí, sin saber qué hacer, totalmente paralizado, que ya sólo te faltaba cagarte por los pantalones. Tranquilos, que todo buen ladrón que se precie lleva un rollo de papel en la mano, por si las moscas.
Lo que me gusta a mí es cuando te encuentras en una discoteca, por ejemplo, y ves a una tía impresionante, estilo Claudia Schiffer o Tamara (bueno, creo que aquí me he pasado unos cuantos pueblos). El caso es que tú la ves, te quedas totalmente prendado de ella y, en un acto de valentía ante tus colegas, te envalentonas y acercas hacia ella. Te colocas en frente de ella y, entonces, en el instante en que la ibas a invitar a un traguito, se te cierra la boca, la lengua no puede salir de la cueva en que tu boca se ha convertido y comienzas a sudar como un cerdo. Te pones totalmente pálido y no eres capaz de articular palabra. Ella lo advierte y, claro está, hurga en la herida: te mira, que no te saca de encima la vista, observa a tus colegas y, con una sonrisa que se extiende de oreja a oreja, te la suelta en toda tu jeta: ‘Quítate de mi vista, que das pena; ¡gilipollas!’ Tú, con gesto serio y contrariado, aceptas tu derrota; pero, ahí viene lo peor: tienes que regresar junto a tus colegas. Ellos, evidentemente, no sienten ningún tipo de compasión por tu persona; es más, te restriegan tu fracaso, sin piedad, por todos tus morros: ‘¡Vaya Don Juan que estás hecho!. Con actuaciones como las de esta noche, no ganarás ni para gatillazos; ¡ole tus huevos!” Bueno, mis huevos, no sé; pero, como caigan los vuestros entre mis manos, ¡joder que os vais a enterar!
Otra buena es ésta: a mucha gente, cuando siente miedo, le entra tal acongojo en el cuerpo, que sólo piensa en regresar a su casa. Tú te encuentras con tu pareja, sentado en un banco, a la sombra de unos pinares, en posición amorosa (arrumacos, besitos y lo que le sigue); pero, no. Ahí tampoco vas a poder disfrutar. Estás tan tranquilo y, de pronto, ¡zas!, te invade un nerviosismo tal que te acojonas y huyes despavorido a tu casa, sin percatarte de que tu pareja se queda en el banco, compungida, sin saber qué pensar: ‘Pero, si no beso tan mal’. ¡Claro que no besas mal! ¡Lo haces de puta madre! Lo que pasa es que tu novio es tan estúpido que, después de haber esperado este momento durante toda su vida, reacciona de la mejor manera posible: huyendo como un despavorido. ¡Ojalá salga un fantasma de debajo de tu cama y te pegue un susto de muerte! Ya saben: ante esa clase de situaciones, ¡ni miedo ni pollas, que ocasiones así sólo se presentan una vez en la vida!
