
‘De quemasuelas y culifijos’
¿Por qué sale la gente a la calle? Ni puta idea, la verdad; con lo bien que se está en casa... Después de salir a la calle en multitud de ocasiones y de analizar con rigor a sus paseantes, me he percatado de que existen dos clases bien diferenciadas. ¿Cuáles? No sean impacientes, que ahora se lo cuento.
Por un lado, están los ‘quemasuelas’. ¿Quiénes pertenecen a esa clase? Aquéllos que, como yo, salimos a la calle y nos dedicamos a caminar y caminar, sin rumbo fijo, como si fuéramos Martín Fiz o Abel Antón en una maratón. Estas personas están, por lo general, poco acostumbradas a hacer deporte y convierten sus cotidianas salidas en improvisadas sesiones deportivas, a ver si cuela. Nosotros realizamos normalmente el mismo tipo de recorrido, no sea que nos lo cambien y nos agotemos; asimismo, nos gusta pasar cerca de aquéllos que están sentados en los parques o en frente de las tabernas para restregarles en la misma jeta que son unos vagos y que nosotros sí que estamos en forma, que cuando llegamos a casa no nos llegan quince baldes de agua templada con sal para refrescar nuestros pies. Sin embargo, hay una variedad de quemasuelas (los desleales, la lacra de nuestra estirpe) que son los que tras haber caminado por espacio de unos quince minutos se sientan en los barcos o en las terrazas de los bares y no levantan el culo del asiento hasta emprender el camino de vuelta a casa. Lo curioso es que presumen de sus caminatas –“nosotros sí que andamos”; será para ir al bar que, si no, como que no lo entiendo-.
En el otro lado de la balanza se encuentran los ‘culifijos’, los que salen a la calle para ocupar su asiento en un banco del parque o en la terracita de un bareto y ya no se levantan de él hasta que tienen que regresar a casa (y porque no les queda más remedio, que si por ellos fuera se llevarían a su casa, pegado al trasero, su asiento). No sé cómo lo hacen, pero los ‘culifijos’, si se fijan ustedes, tienen la capacidad de ocupar todos los días el mismo lugar, que parece que estuviera vedado a las demás personas. Además, a esta especie le corresponde la curiosa habilidad de permanecer en la misma posición durante horas y horas, sin casi parpadear, que yo pienso que deben tener el culo pegado con silicona a los bancos, pues si no es así, que me lo expliquen que no lo acabo de comprender. Y, ¿se han fijado en los ‘culifijos’ que se sientan en las terrazas de los bares? Es increíble. Éstos son capaces de permanecer en la silla, horas y horas, con el mismo trago en la mano (¡la madre que los parió, que sí que resultan rentables clientes así!).
¿Cómo creen que resulta la convivencia entre estas dos especies? Pues, francamente, existen muchos roces entre ellos. Si, por ejemplo, un ‘quemasuelas’ pasa al lado de un ‘culifijo’ que conoce, surge entre ellos este tipo de conversación:
- ¡Tío! ¿Quieres que te regale una suelas nuevas, para que no te quemes los pies y eso?
- No me hace falta, hombre. Con que me digas la marca de silicona que empleas para mantener el trasero pegado al asiento durante tanto tiempo, me vale.
Si este ‘culifijo’ es de aquéllos a los que se ve habitualmente en las terracitas de los bares, las conversaciones suelen ser de este pelo:
- ¡Coño, Manolillo! ¿Quieres que te invite a una agüita, hombre? Que como sigas así me va a entrar a mí el cansancio, hombre.
- No te preocupes, tío. Tú sigue practicando el levantamiento de vidrio, que al paso que vas ganas las próximas olimpiadas.
No se preocupen que, aunque parezca difícil de creer, nunca llegan a las manos; aunque al paso que va la burra, todo llegará.
Bueno, ya lo saben: si se sienten identificado con alguna de las clases que he mencionado, no se preocupen y disfrútenlo con salud. Bichos raros no es que sean, mas no se extrañen si algún día aparecen en un episodio del NATIONAL GEOGRAPHIC, así titulado: “Especies de la fauna urbana: los‘quemasuelas’ y ‘culifijos’”.
